El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

Mi foto
Nombre: El Mate Tuerto
Lugar: Argentina

23 noviembre, 2009

Manifiesto para futuras ediciones del ciclo Manifiesto

Hay que hacerlo todo al mismo tiempo. Hacer-Todo-Ya. Otra forma de decirlo es decir que hay que hacerlo todo ya, por ejemplo sonar como un anacronismo del Mayo Francés. Pero no. Pero no tanto: esto es solo otro manifiesto estético, y el único importante. Que dice, por ejemplo, que hay que hacerlo todo: escribirlo todo –por ejemplo. Por ejemplo: escribir sobre todo, y ya. Decir, por ejemplo, que hay que ser exagerado, desbocado, inmaduro y exabrupto. Ventajero, melodramático y efectista. Y ante todo, profundamente autorreferencial, y siempre, y ante todo, terminar con un y. siempre, en todo momento, esta cosa de nunca acabar. Hablar de uno hasta cuando se habla de ese otro al que se le da órdenes, porque el maximalista, en su modalidad narcisista y autorreferencial, será serio hasta por los codos en todo lo que hace y aún en lo que deja de hacer, y sobre todo en los manifiestos. Y nada es un manifiesto hecho y derecho y como se debe si no es formulado por una segunda persona mandona, que no para de dar órdenes hasta aburrir. No aburrirás, como tantos manifiestos. Serás concreto e irás al grano pero sobre todo lo harás todo, hiperkinética y mente. No pararás. Porque nadie, nada, nunca podrá taparte la boca de un pijazo, que es lo que en le fondo te merecés, porque serás malhablado, grosero y chabacano. Serás escato y sexopa. Serás todo eso, y minuciosamente. Podés explicarlo -¡claro que podés! Tendrás una teoría para todo. Para algo habrás estudiado como un escuerzo y ocupado todo ese tiempo libre. Por sobre todas las cosas que harás ya, al mismo tiempo, serás lo que debas ser, o no serás Nadal. Por sobre todas las cosas, incurrirás en el chiste fácil, pero también en el chascarrillo y por qué no en el retruécano. Hablarás sobre el hablar y te ahogarás en la autorreferencia metarreferencial hasta el aburrimiento. Violarás, preferentemente normas y máximas de tu manifiesto maximalista autorreferencial en modalidad profunda, pero no te importará, porque dirás que así lo cumplís más perfecta y cabalmente, en modalidad modal. Mentirás –pero no tanto-, divagarás –pero nunca perderás el rumbo-, matarás porque el lector que nunca llega no se vaya con una puta de más cartel y menor caché. Llorarás miserablemente, a moco tendido –siempre fuiste un maricón- y temerás soberanamente ofender al último orejón del tarro –pero ofenderás, porque te gusta, te sale bien y ¡es tan fácil! Cortarás camino, tomarás atajos y te dejarás ganar por los sinónimos. También por los eufemismos. ¿Alguna puta vez lograrás publicar? ¿Alguna puta vez conseguirás publicar antes de escribir? No escribas tanto. No escribas tan rápido. Es inútil. Nunca me escuchás. Sos un caso perdido.

Matías Pailos

Etiquetas:

19 noviembre, 2009

Historia de un trapo

Bueno, basta, desde que me contaron esta historia no puedo parar de recordarla cada vez que me cruzo por la calle, en el colectivo, en un banco, en los negocios del barrio, alguien con esa remera. Veo la prenda y ¡zas! se me viene la historia a la cabeza, así que voy a tener que ponerla por escrito para sacármela de encima, para pasar el testimonio. De la historia conozco los hechos, pero no los nombres. El que conoce los nombres no puede revelar los hechos, a riesgo de traicionar o traicionarse. Los protagonistas son un taxista boliviano, un diseñador de Palermo, una joven estrella de televisión y un montón de boludos –nosotros– también conocidos como los consumidores. Al taxista vamos a ponerle René, porque tengo un compañero de trabajo que se llama así, aunque sea el único boliviano del mundo con ese nombre, a mí me suena verosímil. Al diseñador lo bautizaremos Ramiro, nombre cheto-chic sofisticado. Al actor le llamamos Felipe, sin motivos, porque se me canta. René es el inmigrante tipo: la yuga en un taxi alquilado 12horas por día y sueña con el golpe de suerte que le abra las puertas de un futuro mejor pero en sus escasos ratos libres no puede hacer otra cosa más que tirarse zombi a ver la tele. Ramiro estudió Diseño de Indumentaria en la UADE y con un dinero que le adelantó papá abrió su propio local de de ropa en Palermo SOHO. Unos contactos del colegio bilingüe le consiguieron un canje para vestir a una estrella en ascenso en una telecomedia del prime time. Y entonces… por un instante catódico las trayectorias de René, Felipe y Ramiro brillan en el fulgor ciego del destino. En una escena de transición de exteriores mal iluminados el inmigrante ve aparecer a la estrella con la remera del diseñador: es un modelo simple: corte holgado, cuello en V y, sobre todo, esa letra y ese signo, que nadie había puesto juntos antes y que tan bien quedan uno al lado del otro: una oda minimalista al optimismo, a la simpleza, a la finura, al cancherismo. René tiene una iluminación. Presa de su propio satori deja el taxi en el garage y corre al Once con sus escasos ahorros para comprar tela y mandar a estampar y coser. Una semana después se aparece por la feria de La Salada con su modesta producción y para su sorpresa agota la primera tanda en menos de una hora; los clientes todavía pelean por llevarse las últimas prendas cuando René ya corre con el dinero facturado para mandar a hacer más y más y más remeras. Conclusión: de La Salada al mundo, la remera inundó las calles, fue el furor de una temporada, cubriendo el pecho de todos los estratos sociales, la moda instantánea la convirtió en la perfecta encarnación de la democracia hecha trapo. René hoy tiene su propio taller, varios puestos en La Salada y mudó el taxi por una 4 x 4. Ramiro todavía trata de dilucidar que v/b le toca en esta historia: si la de victima o la de boludo, mientras sigue juntando el dinero para pagar el cada vez más oneroso alquiler del local y cancelarle el préstamo a su padre. Hace ya rato que tuvo que sacar su más excelsa creación de la vidriera de su local. Exactamente el día que su novia Merceditas le dijo: “Rami, ¿Qué haces vos vendiendo esa mersada de remera?

Ariel Idez

12 noviembre, 2009

Aira estaba solo


Antes que nada y por sobre todo: Marco Antonio de la Parra es el idiota siútico más grande que pisa esta enorme tierra, y en adelante será mencionado con adjetivos ofensivos para la mayoría, pero que ni siquiera rozan su verdadera estupidez.

Dejando eso claro, es evidente que César Aira estuvo solo en el diálogo de la Feria del Libro de Santiago ayer. Y del público, hay que descontar a las viejas cuicas que reían con los ingenios del idiota, y al tipo que quiso timarme con uno de mis libros.

Nos demoramos con Gernández en hallar la sala de marras. Si hasta llegamos al techo del edificio desde donde se veían toda la Feria pequeñita. Podríamos haber escupido al público o lanzar bombas de racimo y huir, pero preferimos apurarnos y encontrar ubicación antes que llegasen los groupies de Aira, que suponíamos existían, según lo que relataban de su visita el año pasado. ¿Si hubiesen fanáticos de Aira, se parecerían a los engendros lectores de Panero? Qué distinta sería la adolescencia actual si en vez de agruparse por preferencias estéticas pobres (música desechable, moda reciclable), lo hiciesen alrededor de lecturas.

«Creo que el noventa por ciento de los escritores escribimos por eso… Eso de la “necesidad de la expresión” siempre me ha parecido un poco macaneo, como decimos nosotros, un poco excusa. Todos queremos hacer libros y darnos el placer que tuvimos alguna vez leyendo».

Noté que los calcetines de Aira tenían unos dibujitos que me parecieron golfistas. O samurais con katanas caídas. También noté que las pretensiones de inteligencia de la dizque intelectualidad shilena son patéticas: como el afán anacrónico de la perfecta pronunciación de extranjerismos ya naturalizados en esta lengua, como los anteojos italianos con patas que parecen artefacto biomecánico, como la excesiva proliferación de adjetivos en contextos en que la falta de humor y/o gracia los hace petulantes. Y que los siquiatras no se distinguen de la policía, en su afán de nunca dejar de trabajar.




Por ahí dice que admira a Proust. Y entonces dice que él es un esteta del olvido y que Marcel lo es de la memoria, y tengo clara la imagen de un pendejo Aira embobado con los retruécanos temporales de En busca del tiempo perdido mientras escribe y escribe la Enciclopedia de autores latinoamericanos. Y entonces, su admiración por Proust es una nebulosa, apenas una insinuación de otros derroteros de posibles literaturas: un taller mecánico de la percepción, y el laboratorio de un científico loco. Aira aprendiendo el oficio haciendo el oficio, abriendo rutas y portales interdimensionales: «La primera etapa es aprender a escribir bien, aprender el oficio que no es tan fácil como parece. Ahora se ha hecho un poco más fácil gracias a todos nosotros, los experimentadores y vanguardistas se la hemos hecho fácil a los que vienen. Antes había que construir un libro, ahora basta con poner una frase tras otra y decir que eso es minimalismo o cualquier cosa».

¿A quiénes les di la mano, también, con dársela a él? Supongo que a Piglia, aunque de un modo menos amistoso. A Fresán probablemente, y de seguro a Vila-Matas. A Borges y a Felisberto Hernández, a Gombrowicz yéndose de Argentina, a Perec jugando ajedrez y a Tzara dibujando con palabras cuyo trazo no se puede leer. Dijo, citando: «qué bueno sería que los autores que amamos se hubiesen amado entre ellos».

La crueldad y la sagacidad se confunden en ocasiones, todo depende del contexto. El idiota con su palabreo inconsistente, y Aira que dice algo que en otro lado le he leído: «… y por eso soy el más querido de la cátedra. Porque aplicar las ideas de Deleuze a Kafka sólo lo puede hacer un genio, pero aplicarlas a mis libros, lo puede hacer cualquiera… ahí está todo lo que necesitan, tienen las tesis listas», y a su lado el imbécil ríe, sin captar la patada en la entrepierna que le han dado con un botín de hierro, para que se le joda el puto rizoma.

Uno, que es un tipo común que folla y se embriaga, no se podría imaginar a Aira si tuviese como pie forzado el pensarlo como la suma de todas sus novelas (70). Si así fuese, aparecería una suerte de ornitorrinco. Y ahí, apenas a 3 metros estaba con los calcetines ya citados, soportando al burro, mientras desde la primera fila le tomaba fotografías.

Mientras firma mis/sus libros, le pregunto (retóricamente) si leyó la novela de Ariel Idez La última de Aira. «Y sí —responde—, me lo encuentro a veces en X». Y firma Un episodio en la vida del pintor viajero.

«Me han recomendado que cuando de estas charlas venga con un revólver, lo ponga sobre la mesa, y el primero que pronuncie la palabra prolífico… [risas]… me suicido yo…, no, no voy a cometer un crimen. Y sí, me están tirando por la cabeza esto de prolífico, prolífico, prolífico. Me parece una mala palabra. No sé qué idea se ha asentado en general de que el que escribe poco, el que escribe un librito cada 20 años es buenísimo, es un genio, y el que escribe cuatro libros por año es un… tarado.» Y si hubiese llevado el arma, yo mismo la tomo y libro a la humanidad de la suprema petulancia del imbécil aquel.

Justo antes, mientras espero mi turno, un tipo me pregunta cuál de los libros que ahí tengo es mejor. Le respondo que Las noches de Flores por decirle algo. Podría haberlo mandado a leer La guerra de los gimnasios también, o Parménides, daba lo mismo. Entonces, me pide el libro para verlo. «No, no, espera» digo porque noto que está esperando para nada, porque no lleva ningún libro, y vi la escena completita: el hijoputa tomando mi libro para revisarlo, y pasando por encima de todos para que Aira se lo firme con su nombre, y yo salto y le doy un empellón al bellaco que se resiste a soltar y entregarme el libro, y se empeña en obtener un autógrafo aunque sea en un libro ajeno. El pobre diablo le pregunta a Aira mientras firma los libros que qué autores le recomienda, con un tono lacrimógeno o adolescente o condescendiente (o todas las anteriores). «Si comienzo a recomendarte autores no nos paramos más» le dicen, y remata: «Comenzá por Shakespeare». Y por segunda vez en la tarde un imbécil no capta la indirecta. Aira ha de pensar que todos los habitantes de este país son unos perfectos analfabetos presumidos. Y no andaría muy lejos de la verdad.

«Volver, ¿para qué volver? Mejor sigamos para delante».


Texto y fotos: Rodrigo Salgado Boza

Etiquetas: ,

08 noviembre, 2009

In the guetto

Resulta que me bajo una parada antes de mi casa, en el Parque Los Andes, y echo a andar. Hoy, domingo 8 de noviembre, declaro que vi el sol ascendente del amanecer y la luz declinante del crepúsculo. Pero ni éste ni aquel lograron templarme el cuerpo entumecido. Camino entre puestos de una feria pobre, venta de desvanes, prebasura al costo, si Rosebud viviera, sería esta vidriera. No quiero un centro de mesa de frutas de vidrio, no quiero un cuadro mal pintado de un payaso siniestro, no quiero mantillas de bebé, no quiero un disco de Charles Aznavour, no quiero esos caireles, esos lentes ahumados ese gráfico 40’s esos viejos berretines gastados. Hoy la aventura es dar una vuelta manzana. Durante 25 años pasé por la puerta del barrio Los Andes creyéndolo un anexo a las dependencias de Edenor. Bueno, no, resulta que es un lugar donde vive gente; “las colectivas” de Los Andes, un microbarrio de una cuadra de largo por una y media de ancho. Una plaqueta que hicieron poner los vecinos dice que lo diseñó un arquitecto muy joven que se llamaba Fermín Beretervide en 1928 y que tiene 150 departamentos repartidos en 17 cuerpos de cuatro plantas. Camino y espío por cada uno de los portones, se ven algunos departamentos, veredas, calles arboladas, una fuente, ventanas de madera, chicos jugando en una cancha de fútbol. El complejo incluye una biblioteca, un teatro y un centro de jubilados. Me pregunto si vivir ahí dentro será como habitar un mundo en miniatura, la ciudad dentro de una caja de zapatos, como en el cuento de Ballard que se copió Piglia y en seguida me percato de que todo el edificio parece de juguete, demasiado lindo para ser cierto, por algo después se impuso el realismo de los monoblocs. Bajo por Leiva. Que loco que la paralela a Guzmán (la de los colectivos, la única de estas calles que yo conocía) sea la famosa Rodney. Camino dos cuadras hasta Newbery, el blanco paredón del cementerio, el frío del freezer eterno. El bar que hizo famoso La Portuaria tiene las cortinas bajas pero sospecho que se van a abrir más tarde, cuando la noche caiga. Todavía el día está colgado de la última luz que no calienta nada pero que baña todas las cosas de un barniz de oro, como si estuvieran a punto de desaparecer. En la esquina de un almacén que ya no es nada salvo una fachada blanca, dos hojas de vidrio y un cartel descolorido de Coca Cola hay gatos y palomas que se miran, no se hablan. Saco la cámara y le apunto a la luz, el sol viene en picada por Santos Dumont, asoma un brazo arrugado por la puerta y arroja y arroja arroz y las palomas se abalanzan y los gatos rajan y yo saco una foto no tan mala. Vuelvo a mi casa, no digo silbando bajito porque en los labios azules se me frustra la tonada, voy caminando lento, sintiendo el frío que me irradia del pecho.

Ariel Idez

Etiquetas:

31 octubre, 2009

Viejo son los trapos

El martes pasado, mientras revisaba por vigésima vez la lista veinte mil veces revisada de discos de mi MP3, me apareció un deseo ni violento ni urgente, pero que -¡la concha de mi hermana!- no se iba de escuchar un tema de Bowie.
Nada nuevo. Esto ya lo viví, al menos, veinte veces veinte mil veces.
Lo nuevo estaba en otra parte. Lo que quería escuchar no era ni “Life on Mars?” ni “Space Oddity”, ni tampoco los clásicos más o menos ocultos como “Time”, “Big Brother” o “Teenage Wildlife”. Ni siquiera el Bowie que escuchan todos de “Modern Love” o “Let’s Dance”. ¿Les suena “Bring me the Disco King”? Claro que no. Es el último tema del último disco del tipo. Y un placer culposo.
Un lugar común de la crítica insiste en afirmar que los discos de Bowie ya no son lo que eran. Otro, también, remacha que el último gran disco de Bowie fue “Scary Monsters”. Y como de 1980 ya pasó un buen rato, parece suficiente como para darlo por muerto. Como nunca me gustó que me gustaran las mierdas, no me sentía nada cómodo al reconocer, ante cada uno de los tres últimos lanzamientos de un nuevo disco de estudio del que te jedi, que el disco -¡la concha de mi hermana!- (uffff…:) me gustaba.
Pero que no era lo que era entonces, cuando, como Dylan con los ’60, como Cobain con los ’90, Bowie se adueñaba de los ’70.
Entonces volvía a escuchar el disco –una última vez antes de descartarlo, una última; una última última. Y –no hay caso- comprobaba que nada había cambiado demasiado, porque todavía me gustaba.
Algo de información. Después de esos impasables discos post-“Let’s Dance” llegaron los años en general fallidos de ponerse una vez más detrás de una banda, como cuando el “Bowie” comprado no había abolido al “Jones” de nacimiento. Después, el último intento por llegar antes que los periodistas al futuro (con, al menos, un disco bueno –“Outside”- y uno que no –“Earthling”-, pero que traía bajo el brazo un temazo porque es lo que tienen los genios). Después, la resignación.
Que es adónde quería llegar.
“hours…”, 1999. “Heathen”, 2002. “Reality”, 2003. Uno mejor que el otro y todos buenos. ¿Entonces la prensa estaba equivocada?
-Es verdad: ya no grababa cosas nunca antes escuchadas. -Pero antes tampoco. –Pero antes traficaba vanguardia al gran público. -¿Y ahora? -¿Qué gran público? Al nuevo Bowie solo lo escuchan los fanáticos. –Pensé que estábamos hablando de los discos. No de su recepción.
Chicanas. Hay algo que ya no está ahí. Una intensidad. Una fuerza natural. Unas ganas enormes. Una farsa del tamaño del Everest. Una extraña fascinación.
Los últimos cuatro discos de Dylan marcan, de acuerdo a la prensa especializada, una resurrección. El retorno del eterno. La entrada del que fuera la voz de la generación de quienes fueran voces de sus generaciones en su última gran etapa. Dylan, dice la prensa especializada, ya no hace grandes discos: hace clásicos.
Y dice bien. Ya no factura himnos folk, ya no electrifica fantasmas en los huesos de su cara, ya no vuelve al country. Ahora repasa sus influencias para agrandar su acerbo. Esta es la injusticia.
¿Por qué a Bowie no se lo juzga con la misma vara? Una respuesta rápida, de fan: porque de Bowie se espera más. Una segunda respuesta, más rápida que la anterior: porque de Bowie se espera todo. Y se hace mal.
Bowie, con esos tres discos, ya no hace cosas nunca oídas, ni siquiera cosas nunca oídas por el gran público. Lo que sí hace son clásicos. Discos que, cuando se escuchen de acá a veinte años, van a seguir pareciendo muy buenos. Discos que, incluso, aportan un matiz en una carrera que los tiene para tirar al techo. Discos que me hacen esperar, para el año que viene, otro más, el primero en siete años y una operación de corazón. En la esperanza que, esta vez, la querida prensa especializada entienda de qué va la cosa y haga lugar en las listas de los mejores de esas fechas. Para que Bob le guiñe un ojo y no le diga –porque -¡la concha de su hermana!- es muy arisco-: Bienvenido. Te estaba esperando.

Matías Pailos

Etiquetas:

26 octubre, 2009

Polleri

Salgo del psicólogo con ganas de comerme al mundo.
No, mentira.
Salgo parado en un punto medio entre la felicidad y el relajo. En ese estado, solo se pueden tomar buenas decisiones. Todas tienen como común denominador, reproducir la situación: más relajo, más felicidad. Así uno termina entrando en “La boutique del libro”, sucursal San Isidro, y después de terminar de entrar, empieza a revolver. Como ya no me cuezo al primer hervor, busco nuevas sensaciones. Como todavía no logré llamar la atención, busco hacerlo de un modo sencillo: llegar antes que nadie a ese lugar donde solo llegó el editor. Hacer eso que se conoce como “descubrir un autor nuevo”.
“Nuevo”, dicen mis colegas los filósofos del lenguaje, es un término contexto-sensitivo. Lo que es nuevo para A (o su grupo de amigotes) no es nuevo para B (y su banda de malandrines). Pero esa editorial de cuestionable etiqueta –la señorita “HUM” y su caterva de reminicensias personales a la revista “Humi” (versión de “Humor” para quienes todavía no calzábamos pantalones largos en los ochenta), a una onomatopeya cartesiana y/o segregacionista (“hhmmm…”) y al único filósofo feliz (sumen una “e”)- y ese título que te hace preguntar si ese tipo te está cargando o es un boludo atómico: “Gran Ensayo Sobre Baudelaire”. Como siempre cabe la posibilidad de que te esté cargando…
Para muestra, nada mejor que el primer botón. Así que acometí la lectura del primer párrafo del primer capitulo del primer libro de Polleri que veía en mi vida.
Epa.
Pero no voy a dejarme engatusar por (¿qué sería?) cuarenta líneas notables. La cosa es si puede mantener este nivel cuarenta líneas más allá de las cuarenta líneas siguientes –no importa de qué línea se trate. Así que acometí la lectura de la segunda, tercera y (cuando me quise acordar) décima hoja.
Tiré la plata y salí corriendo a la estación. Cuando bajé ya había terminado la mitad del libro. Esa noche di cuenta de lo que quedaba.
Al tiempo me compré lo otro de Polleri (de nombre, Felipe) que se consigue de este lado del Río de la Plata: “La inocencia”. Con esos dos libros en el morro, les puedo decir lo siguiente:
Con Polleri se tiene la sensación de que es un autor como ningún otro, al tiempo que se lo encuentra parecido a muchos de los mejores. La literatura de Polleri puede ser vista, así, como una caja de resonancia. O como una rama de un árbol genealógico en el que Gombrowicz aparece por todas partes.
Porque en Polleri, como en Gombrowicz, hay una prosa crispada que vuelve constantemente sobre sí, que avanza impulsada por el desdén y la fascinación aristocráticas en un despliegue dialéctico de conceptos que nunca –pero nunca- renuncia a la agilidad. El tono crispado. El yo contra el mundo. Pero el tema de Polleri no es la inmadurez o la forma –los temas de Polleri no son los de Gombrowicz. Polleri, como Bruno Schultz, está atado a la humillación y la ofensa. A la caída rabiosa e inactiva, pero siempre perfecta. Para ahondarla, para hacerla absoluta, Polleri abandona los límites del verosímil y se interna rápidamente en un mundo onírico, cuya frecuentación lo emparienta con buena parte de la mejor literatura uruguaya, y recito: Levrero, Copi, Felisberto. Esa parte vernácula de una tradición que tiene como uno de sus mojones principales a Kafka. Es esa predilección por lo perfecto y absoluto que le hace concebir obras articuladas en tres partes. La primera plantea la situación. La segunda la niega y sale al mundo. La tercera niega la negación y vuelve al estado inicial. Ese del que –susurra- nunca salió. Ese del que no se puede escapar.
Polleri mete en ochenta páginas varios libros. Como los estructura en forma de cajas chinas, logra que todos sean uno. En el “Gran Ensayo…”, la segunda parte funciona como prólogo de la tercera; la primera, como glosa del resto. Esta parte, además, refiere a los modos de producción del libro, con lo cuál filtra una nueva ilusión: el libro agota lo que puede decirse de él. Esto justifica pensar que no hay ironía en el título –“Gran Ensayo Sobre Baudelaire”-, lo que la brevedad del libro niega. La –relativamente extensa- parte final es un largo monólogo que va y viene en especulaciones acerca de los últimos días de Baudelaire en Bélgica, su ciclo final de conferencias y varios tópicos alrededor de estos asuntos, que dejan claro que Baudelaire, antes que nada, es una excusa. En “La Inocencia”, la segunda parte está ocupada por un monólogo del muñeco del protagonista –ventrílocuo declarado-, negativo y contraparte –una historia personal alternativa- temida del mismo.
Como los primeros relatos de Lamborghini, los libros de Poleri dan la impresión de ser un gran poema reconfigurado. Pero los textos son claramente narrativo: pasan cosas, y en cantidad. La trama es impulsada por resortes dialécticos y conceptuales. Entra rápidamente en contextos fantásticos, y ya no abandona el terreno. El vínculo con Kafka, acá, cae de maduro. Más evidente aún es la ligazón con el primer Levrero. Porque más que fantástico, el relato es una pesadilla de la que no es claro que el narrador quiera despertar.
Más allá de los antecedentes, Polleri da la impresión de cosa nueva. Y algunos recursos distintivos –el pasaje del uso al abuso de las comas, la interpolación cada vez más arbitrario de “etcéteras”- no alcanzan para explicarla.
No sé qué impresión se llevan de Polleri por lo que escribí arriba. No tengo para ofrecerles sus libros –porque Mamá me enseñó a no prestar libros a desconocidos. Sí les puedo ofrecer, como broche, el mejor de los argumentos: Polleri mismo en palabras.

“Mamá necesitaba creer que todo el mundo era ‘bueno’, incluidos los chiquilines que me cagaban a patadas todos los días frente a sus narices, y de los que yo no me defendía porque si todo el mundo era ‘bueno’ los chiquilines que me cagaban a patadas todos los días eran buenos, perfectamente buenos como mamá, aunque me cagaran a patadas todos los días, todos eran buenos, desde los propietarios del edificio hasta los chiquilines del parque que me cagaban a patadas todos los días, y de los que no me defendía porque yo también era bueno y los niños buenos no cagan a patadas a otros chiquilines buenos, por decreto materno, que es el mejor y el más indiscutible de los decretos, por más que me cagara a patadas todos los días, me insultaran y me humillaran, etc., etc., yo le creía a mamá (hasta que llegó el glorioso día en que no le creí, en que temblando de alegría, feliz por primera vez y para siempre, descubrí mi ferocidad innata y golpe a golpe, como diría Serrat, patada a patada, fui mandando al hospital, aunque naturalmente hubiera preferido matarlo, a uno de los hijos de puta que me cagaban a patadas todos los días, es decir, antes de que Disneylandia, la Disneylandia de mamá, fuera tomada a sangre y fuego por un servidor).” (Polleri, Felipe, “La Inocencia”, Ed. Hum, Montevideo, 2008, p. 23)


Matías Pailos

Etiquetas:

17 octubre, 2009

Otra historia económica

1)

No es que yo crea que usted considere que nosotros no estamos a su altura. De todos modos, lo que me trae por acá no son cuestiones personales. Es solo que ellos pretenden que yo lo intime a comparecer ante un tribunal compuesto por terceros sin ninguna parte en nuestro asunto. No, ellos no son ellos, claro está. Estoy hablando de mi gente. Sabe cómo son de quisquillosos con el asunto de la faena. La ley es rigurosa: ustedes recolectan/nosotros almacenamos. Mi gente teme que ellos reaccionen. Usted sabe cómo es este tema: su poder –el de ellos- reside en la vigilancia perpetua para que nadie deje de observar rigurosamente los preceptos bajo los que voluntariamente aceptamos ceñirnos -y que nos fueron libremente impuestos por nuestros mayores. Mi gente teme a las consecuencias que la alteración del orden podría acarrear. No tentemos al destino. Ya le expliqué que confío plenamente en usted, que jamás dudaría de su palabra ni pondría en cuestión sus intenciones. Pero ellos –usted lo sabe mejor que nadie- son otra cosa.
Hay que someterse a alguna ley. Usted es suficientemente viejo como para recordar los tiempos en los que no había precepto ni directiva que nos rigiera. Algo –alguien- tiene que hacerlo. Nosotros –usted, yo- no queremos –seamos honestos. Dejemos que ellos hagan lo que quieran.

2)

Fuimos amenazados.
Ninguna duda.
El viejo no responde a su tropa. Pero su tropa responde al viejo, así que no hay más que hablar.
El viejo es un agente encubierto de ellos. Vendería a todos los suyos para garantizar que nada cambie.
Ese es un dato a tener en cuenta.
Ese es un dato a capitalizar.
Nosotros no estamos dispuestos a nada ni remotamente parecido.
Tenemos el producto de la faena. Sin los suyos, no tenemos comprador.
Les recuerdo que ellos solo comercian con el viejo.
Somos menos.
De momento no hay opción. Prefiero la pobreza a la miseria.
Eso porque son demasiado jóvenes para recordar los tiempos caóticos en los que no había poder ni orden alguno que nos rigiera. Al menos el viejo lo recuerda. Hay que someterse a algún amo. Háganme caso. Es una orden.

3)

Él no sabe quién soy. No hay forma de que lo sepa. Eso me da libertad absoluta.
No me puede diferenciar del resto. No hay modo en que pueda. Yo no soy mi nombre.
Los sabe todos. Recuerda todas las caras y es capaz de asociar con ellas los nombres. Pero eso no significa que sepa quién soy, a dónde voy, por qué estoy acá.
Que me haya visto nacer no significa nada.
Que sea mi padre no significa nada.
Ni una cosa ni la otra me diferencia del resto. No veo por qué insiste en que es importante.
No soy mi familia, no soy mi pasado, no soy mi puesto en la tropa.
No vengo de ayer. Soy mañana. No hay forma en que pueda entenderlo.
Soy ellos. Soy los recolectores. Soy cualquier otra cosa menos tropa. Soy cualquier otra cosa menos él. Ya va a ver.
Ahora a levantarse. Ahora a comer y a cobrar las faenas. Ahora a seguir como siempre, sin hacerse notar.

4)

Ya hice contacto, te digo. Dijo que lo va a hacer. Dijo que no quiere nada a cambio. No. Vas a tener que confiar. No, no puedo. Ya te dije: vas a tener que confiar. No: por pocos que seamos, no se los podés decir. Menos que menos al viejo. Ya sabés cómo piensa. El resto es igual. Y si no, obedece. Ellos son la misma cosa. Si queremos salvarlos tenemos que actuar contra su voluntad. Ya te dije que no. Porque si lo sabés todo se va a arruinar. Porque no estás preparado. Porque no depende de lo que quieras. Porque acaso no quieras lo que creas querer. No hay otra salida.

5)
-Somos nuestro trabajo.
Nuestro trabajo arde bajo el gran silo en llamas.
-Somos la suma de nuestro esfuerzo.
Ahora que lo que éramos está reducido a cenizas solo nos queda reencarnar en este engranaje que gira en el vacío.
-Somos más que la suma de las partes.
Las partes sin la suma no son nada.
-Somos esto que hace que esta boca escupa órdenes a las que el resto de las partes responde.
Somos esto que todavía no tiene en claro qué hacer ahora que todo lo que creíamos ser es menos que polvo en el viento.

-Somos esto que vuelve al pueblo a que el viejo nos diga qué somos ahora que algunas de nuestras partes ardieron con nuestro trabajo y ahora son menos que polvo en el viento.
Somos esto que vuelve a la carrera sin dejar de pensar en las llamas a las que se redujeron por un instante lo que éramos, y que solo quiere que el viejo nos diga cómo hacer para que el mundo que redujo nuestro trabajo a cenizas arda con él.

6)

En estos momentos, el viejo es agua. Sea lo que fuere que realmente sea –dios detrás del dios o solo un eslabón más en la estructura de poder con la que ellos dominan a estos-, en este momento se dedica a fluir. Empujada por el viento, el agua salada se convierte en maremoto. El viejo, en estos momentos, ordena a la tropa iracunda que jamás le desobedecería pero que solo concibe la venganza como acción inmediata, lo único que permitiría que la tropa no entre en cortocircuito y estalle llevándose puesto al propio viejo en la eclosión. Rompan todo, dice el viejo.
Los caminos de la frontera norte confluyen en lo que era el poblado más grande de recolectores. La tropa se tomó su tiempo para violar y torturar a todos. Solo mataba si era estrictamente necesario. Cuando buena parte de las pulsiones de violencia secundarias estuvieron saciadas, cortaron las cabezas de todos los prisioneros.
No se fueron hasta tener también las de quienes no alcanzaron a ser tomados vivos -los suicidas, los rebeldes. Después, quemaron las chozas.
Esperaron un día. Cuando la última llama se extinguió, arrojaron todas las cabezas en el centro del descampado.
Se tomaron otro día.
Cuando despuntaba el alba, un montículo más alto que el árbol más alto hecho de cabezas sin cuerpo sustituía al descampado.

7)

Sí. Pero antes tenemos que sacárnoslo de encima.

8)

Ustedes me eligieron para que los guíe. Ahora soy su viejo.
Ellos demostraron que no tienen piedad y que no tienen problemas en eliminarnos, por más que no quede nadie para recolectar.
Nosotros vamos a hacer lo mismo.

9)

Todo tiene un límite. El ímpetu, por ejemplo. Su límite –por ejemplo-, puede ser una pila de cabezas cortadas de seres queridos.
Todo tiene un límite. El límite del límite del ímpetu, por ejemplo. Su límite –por ejemplo- puede ser la furia desatada tras el llanto.

10)

Ellos corren, y yo, como mera parte de un todo que me es ajeno, corro también. Yo soy los otros que nos corren, pero corro como si no fuera yo. Las otras partes del todo caen a mi lado para no levantarse. Estoy tentado a detenerme, a gritar quién soy, a seguir haciendo caer a partes de un todo con las que conviví lunas y lunas. Pero mis piernas no me lo permiten. Mi miedo no me lo permite. Sigo corriendo.
Al final quedamos algunas pocas partes. Ya yo no nos persigue. En las partes que me acompañan, el miedo empieza a ceder paso a un hambre vieja.

11)

Ahora come, duerme y recobra energías. La tropa empieza a sublevarse. Él come, duerme y recobra energías. Nadie vigila nada. Come, duerme; recobra energías. Espera. La noche es un buen momento para actuar.

12)

Él es otro. Uno con la apariencia de viejo.
Pero no es viejo. Él es él.
El disfraz –y la noche de una oscuridad y una cerrazón que no nos es imaginable- le permiten sortear tiendas y hogueras hasta llegar a la del viejo.
Está a punto de hacer realidad el deseo más fuerte de una tribu que, por más que quiera, no es la propia. Está a punto de partir la historia en dos. Está a punto de cambiar el mundo.
Entra a la tienda.
Vacía. Antes de entrar. Ahora, en la tienda, solo está él. Y su apariencia de viejo.
Mala suerte.
Justo cuando la tropa parece haber resuelto sus contradicciones y decidido que no le basta con vengar la ofensa en sangre recolectora.
La tienda arde. Intenta salir. Una lanza le atraviesa el brazo. Cae. La tienda cae sobre él. Las lanzas caen sobre la tienda.

13)

Antes de abandonar el campamento, queman todo. No esperan la extinción del fuego; les basta con que no quede nada en pie.
El nuevo viejo se para sobre un montículo y grita algunas palabras. La tropa responde con otros gritos. El nuevo viejo agita los brazos y de repente se queda quieto. Callado. Con los ojos abiertos. Con los brazos abiertos. La tropa se calla. La tropa se detiene. Abren los ojos. Apenas. Apenas. Ahora dejan de respirar.
Otro grito.
Comienza la estampida.
El antiguo campamento está desierto. Solo el fuego que se apaga. Solo el rumor de la noche y el estruendo que se aleja. Apenas una sombra fugaz que se oculta.

14)

Nada. Nadie.
La batalla perfecta. La lucha definitiva.
Es difícil determinar quién fue el último en morir, o a qué tribu pertenecía. Los cadáveres, sin embargo, no escaparon a los límites del descampado.
No hay cuerpos aislados. Se amontonan en pilas de hasta siete, pero la mayoría eran de tres o cuatro. Cualquiera tocaba por algún lado a algún otro.
El montículo, sin embargo, permaneció firme. Alguna cabeza menos acá y allá. Nada que le hiciera perder estabilidad.
Piso cadáveres. Me acerco. No tengo necesidad de estudiarlo. Subo. Sigo pisando cadáveres.
Llego a la cima. El trono está hecho de cráneos más lisos que el resto, tal como pedí.
Sale el sol. Casi no hay viento. Solo me queda esperar.
Un murmullo. Pasos que se acercan.
Matías Pailos

Etiquetas:

13 octubre, 2009

Strafacce Reloaded

Hay que tomar medidas en el Varela Varelita. La medida del Fernet, por ejemplo. Me acuerdo de la expresión azorada de Sergio Chefjec en uno de estos eventos mientras veía el flujo ininterrumpido de líquido negro que no cesaba de llenar su vaso largo. _¿Che, acá preparan el Fernet muy fuerte, no? La generosidad medida en dosis etílicas es moneda corriente en este bar. También los hallazgos lingüísticos. Ya todos sabemos que podemos pedir un Pepe Bianco y que al invocar al autor de Sombras suele vestir seremos servidos con whisky doble importado. Ahora Ricardo Strafacce, auténtica usina semántica del Varela, esta cultivando el Agua Atómica: una portentosa dosis de Fernet con un asomo de Schweppes tónica. En este bar el significante se desplaza tan rápido como los mozos que atienden las mesas.

(Fragmento del texto leído en la presentación de La transformación de Rosendo, de Ricardo Strafacce. El texto completo acá)

08 octubre, 2009

En la ciudad de la puntá





—No te olvides de atrasar una hora el reloj, -me advirtió el tipo que me vendió el pasaje del ómnibus- mirá que si te perdés el micro no se aceptan reclamos. Ahá, dije yo, y después pensé un poco y repuse ¿Pero si todavía no se corrió la hora? No importa, me dijo, en San Luis siempre hay una hora menos que en el resto del país. Bienvenidos a la República Separatista de San Luis.
—No es que estemos una hora atrasados, es que estamos 364 días y 23 horas adelantados, me dice un puntano risueño. Estamos compartiendo el fresco de la plaza principal de la ciudad. Es mediodía y el sol cae a plomo. Salvo por un casino de maquinitas electrónicas que ofrece en su fachada un simulacro berreta de Nueva York (Estatua de la Libertad, Cab amarillo y escaleras zigzag tipo SOHO incluídas) la ciudad parece detenida en el tiempo: casas bajas, 5 cuadras de centro (2 de peatonal) un silencio de muerte a la siesta y el aroma a prosperidad de pago chico. ¿Dónde están las productoras cinematográficas crecidas a la sombra de San Luis Cine? ¿Dónde los edificios de las grandes multinacionales del software atraídas por los cantos de sirena y las exenciones impositivas de San Luis Digital?
—Acá no pasa nada, tenés que ir a La Ciudad de la Punta, me sopla el mozo del comedor universitario mientras degusto el menú de entrada plato y fruta por $4,25. Ciudad de la Punta, Ciudad de la Punta, imagino un vasto paraje a cientos de kilómetros.
—No, está acá nomás, a 20kilómetros, será media hora de micro nomás, corrige el camarero.
San Luis es un país de autopistas: asfálticas y digitales. Yendo a La Punta, un ejército de hombrecitos de pechera verde fluo al costado de la ruta escruta el camino en procura de cualquier residuo, al que recogen como si fuera un tesoro, después me dirán que son beneficiarios de la versión Puntana de los planes trabajar ($600 por mes). A nadie le extrañe que unos kilómetros adelante vaya otra cuadrilla tirando papelitos. San Luis se propone como un lugar para ser contemplado desde la ventanilla de un vehículo: antes de entrar a la capital la ruta exhibe a ambos lados reproducciones de arte abstracto de gusto por lo menos dudoso (¿Acaso obra del ex –gobernador Alberto Rodríguez Saa, reconocido pintor?), unos carteles menos floridos a la vera del camino nos cuentan que en San Luis hay “Wi-fi y cyber para todos”. Interneterías: abstenerse.

Lo primero que se ve cuando llegás a la punta es La Punta, el cartel con tipografía de boliche de costa atlántica que señala el comienzo de la ciudad, después ruta y más ruta –nada de gente- y al rato unas casas de paredes color sambayón y techos colorados, todas iguales unaladodelaotra. Ese es el primer barrio. Más vacío y el segundo barrio y al fondo las quince mil localidades del estadio Juan Gilberto Funes que inauguraron Messi y Ronaldinho. Pero tengo sólo una hora, a las ocho (¿o eran las siete?) parte el micro de regreso. Así que opto por hacerle una visita a los estudios cinematográficos.
—¿Ya llegamos a San Luis Cine?
—No.
—¿Ya llegamos a San Luis Cine?
—No.
—¿Ya Llegamos a San Luis Cine?
—No.
En eso estamos. A mi izquierda, el murallón de las sierras, a la derecha, en declive, los tanques de agua color terroso de algún otro barrio. A la nada misma le tendieron una avenida
—¡San Luis Cine! Anuncia el chofer.
Me bajo del bondi.
No hay nada.
Salvo un cartel.
Me aproximo.
El cartel me cuenta que dentro de un año y trece millones ochocientos cincuenta y cuatro mil seiscientos cinco pesos con cuarenta y cuatro centavos tendremos en medio de este páramo una réplica perfecta del cabildo porteño y la pirámide de mayo. Tal vez el futuro también nos depare un London Bridge o una Eiffel Tower, si La Punta no encuentra su propio atractivo bien podrá importar los que le plazca y de paso habrá locación para los exteriores de las películas patrocinadas por SLC, que se supone que está por ahí ¿Pero donde? Camino entre pastos que me superan en altura hasta divisar la imponente estructura del Hollywood puntano, no hay guardias en la casilla del portón de ingreso, así que me mando. Apenas entro al edificio me encuentro a una chica tomando mate y un muchacho que mata las horas visitando páginas de facebook. “Bienvenido a San Luis Cine”. María Eugenia parece contenta con mi imprevista visita. De inmediato se ofrece a hacerme un tour por el lugar —Acá es maquillaje, estos son los camerinos, ahí es vestuario y este es el estudio de 1800 metros cuadrados y ocho metros de altura, con paneles móviles para luces y totalmente isonorizado”. Es cierto, dentro del edificio reina un silencio absoluto, lo mismo que afuera salvo por el zumbido del viento que baja de los cerros. Maria Eugenia está contenta, vive en la ciudad desde el 2003, el año de su fundación, tiene el privilegio de ser una de las pocas pioneras del siglo veintiuno, y comenta con indisimulable orgullo los progresos de la ciudad: “ya tenemos intendente y están construyendo la primera estación de servicio”. Le digo a mi guía turística que debe haber sido una decisión importante en su vida el haberse venido a vivir a una ciudad completamente nueva, hecha desde la nada.
—No, tampoco es que nos dieron a elegir. Nosotros nos anotamos en el plan de vivienda y después nos dijeron que nos teníamos que venir todos para acá.
Después Eugenia me cuenta que por el momento el estudio está inactivo, pero la inminencia del bicentenario y los créditos blandos de la gobernación prometen un febril desfile de próceres para los próximos meses. Como si ya lo supiera, al pasar y asomarme en el taller de vestuario una señora me sonríe sin dejar de coser un traje de época.
Dejo atrás los jardines de SLC y las plaquetas de artistas como Juan Acosta, Nito Artaza, Esther Goris (novia de Alberto) y Claudia Albertario “En apoyo a la obra cultural del Gobierno de San Luis” y cruzo la calle y doy con un parque de esculturas abstractas. ¿No será redundante poner esculturas en una ciudad que parece una gigantesca intervención artística sobre el paisaje serrano? ¿Serán las esculturas de Alberto? Parece que el ex–gobernador es amigo de Fabio Zerpa y dicen los rumores que cree en la existencia de un planeta llamado Xilium. Así al menos titula a todas sus obras: “Xilium 1”, “Xilium2”, “Principios de la primavera en Xilium en el año 4027”. Un cartel promete el observatorio astronómico y el centro de servicios tecnológicos. ¿No será esta ciudad La Punta del arribo de una nueva civilización a nuestro planeta? El símbolo de la ciudad, estampado aquí y allá muestra una especie de pata de rana con seis dedos ¿O será la pisada de un Xillita?
Al final utilizo el escaso tiempo que me queda para visitar la Universidad de la Punta: un impresionante complejo de edificios Hi-Tec en medio de la nada. Entro en uno, el hall central anuncia las empresas que allí se dan cede: Mercado Libre, Unitech y Coradir, entre otras. Oficinas de puertas abiertas dejan ver a los programadores ensimismados en sus computadoras, se puede oír el leve zumbido de colmena de las mentes concentradas en el desarrollo digital. El edificio está tan limpio que parece aséptico. Recorro el pasillo de la nave central, iluminado por la luz natural que deja filtrar la estructura de vidrio y acero y me lleno mi botellita con agua helada en uno de los dispensers al servicio de los alumnos-pasantes. ¿En qué se convertirá La Ciudad de la Punta? ¿En Holliwood en castellano? ¿En un Silicon Valley criollo? ¿O en otro experimento abandonado de la Argentina como ruina de una civilización que nunca fue?


Ya de salida, mis últimas impresiones de la ciudad me llegan desde arriba del micro: todo es grande y vacío, de Brasilia para acá sabemos que el urbanismo sueña pesadillas. Se sucenden las plazas de cemento retrofuturistas y los barrios de casas iguales que, con el fondo de las sierras parecen los domos de los primeros colonos de Marte para unas nuevas crónicas marcianas. Pero no es Fobos la luna blancaredonda que asoma sobre la serranía. El bondi transita la avenida principal, que, con la ciudad a su izquierda, marca el límite de La Punta. A la derecha, en tierra de nadie, unos edificios de ladrillo hueco y paredes sin rebocar ofrecen cambio de neumáticos y lubricentro, una guardería, un gimnasio y, un poco más allá, con el cartel de neón que dice Coco recién encendido, el primer puticlub de Ciudad de la Punta: la presencia humana no está tardando en llegar.

Ariel Idez

Etiquetas:

04 octubre, 2009

Patria chica

Conviene que esta nota sobre Vicente López comience con una descripción de Pocitos. No soy uruguayo, apenas conozco Montevideo y no recuerdo haber estado en Pocitos. Esto me pone en pie de igualdad con Polleri, el autor de la descripción de Pocitos, que no es argentino, no conoce Buenos Aires y no tiene idea de que “Vicente López” pueda nombrar algo. Pero dijo –sobre Pocitos, no sobre Vicente López- que “nuestro barrio no era una barrio, sino un barrio residencial, es decir, lo opuesto a un barrio, lo totalmente opuesto a un barrio”.

Vicente López está lleno de milicos, altos mandos policiales, políticos de dudosa calaña y nazis. Recuerdo que en la otra punta del piso 12 en el que vivía de chico, había una geróntica pareja perpetuamente sonriente que jamás me dirigía la palabra –con lo que se ganaron eternamente mi corazón: no me hablen. Si bien conmigo amarrocaban partículas lingüísticas, las dispensaban generosamente a su hijo, un boludón de más de cuarenta con bigote policial de rigor, que vuelta a vuelta caía por el edificio para comprobar que no hubiera que encarar ningún trámite fúnebre de apuro. Las palabras elegidas eran alemanas, lo sé. Y ellos eran nazis. Todos los alemanes son nazis.

Vicente López no es la gente que lo habita. Vicente López es todo el resto. Las calles despojadas de circulación automotriz, las veredas despojadas de circulación peatonal, los chalets. La profusión de árboles, arbolitos, arbustos. Los soretes de perro. Los puestos de vigilancia por esquina (que son un martirio personal. No les hablo, no los miro, no existen. No porque me caigan mal –aunque poco sí, pero supongo que ellos preferirían hacer otra cosa que estar 12 horas por días 7 días por semanas orbitando alrededor de un cubículo unipersonal-: es que no me gusta hablar con la gente. Saludar es hablar. Saludar es salir de mi mambo para atender, mínimamente, al orden del mundo. No veo por qué debería. Sumen un poco de timidez, otro poco de vergüenza, y ya estarán completamente fuera del tema de esta nota.)

Los pájaros están en todos lados, como los perros de Pulp. Pájaros de todo tipo, con todo tipo de canto, entonado a toda hora. Mañana, tarde y noche con cantos aviares de todo tipo, entonados a lo largo de todo el espectro sonoro. Vicente López es el campo, más un poco de cemento.

Los límites de Vicente López son claros. La frontera sureste es la General Paz que nos separa de Nuñez, que es casi tan inhumano como VL. La avenida Maipú lo separa de Florida (que es el modo concheto de ser un barrio) y al noreste, la indefinidamente extensible masa acuosa del Río de la Plata. Esto es lo mejor de Vicente López. Corre el rumor de que, oficialmente, VL termina en Yrigoyen, es decir: cinco cuadras antes de la Quinta Presidencial. Pero esos límites institucionales no le importan a nadie –ni a las inmobiliarias. Para todo fin práctico, Vicente López, con sus cuatro o cinco diagonales, más alguna calle chanfleada, termina en la Quinta.

Algunos orgullos locales: el Nacional Vicente López, cuna de siete estudiantes desaparecidos (entre ellos, el hijo de Fernandez Meijide), de Richard Coleman, Diego Frenkel, los Calamaro Bros y Matías Martin. Otro: el monumento al archirecto Amancio Williams, también conocido como las “colas de ballena”. Ahí donde tuve a bien ser corrido por un puñado de hinchas de Excursionistas un año atrás.

De mis treinta y dos años de vida, pasé treinta y dos en Vicente López. Todo indica que también voy a pasar treinta y tres. Pero no más. Ya fue suficiente. Ya estoy grandecito y ya es hora de dejar el terruño. Ya es hora de no confiar en que alguien haga las compras, cocine y lave. Ya es hora de dejar de ser un nene de mamá.

Pero me está costando, vea.

Matías Pailos

Etiquetas:

22 septiembre, 2009


EDITORIAL MANSALVA
INVITA
a la presentación de 2
nuevas novelas argentinas:
MIS ESCRITORES MUERTOS de DANIEL GUEBEL
y
LA TRANSFORMACIÓN DE ROSENDO de RICARDO STRAFACCE

En el bar Varela-Varelita
(Paraguay esquina Scalabrini Ortiz)

SÁBADO 26 DE SEPTIEMBRE 19 hs.
Presentan Ariel Idez y Mauro Libertella
¡Los esperamos
!

16 septiembre, 2009

Marylin, xp, pasteles, costicismos

Merca. Merca sobre la mesa, sobre la cama, en la alfombra. Merca en el ascensor, en la calle, en el aire. Merca en la nariz, en la sangre, en los mocos cayendo entre las veinte conversaciones simultáneas que cuatro personas entre cuatro paredes descascaradas con una lamparita que cuelga del techo sostienen por veinte por veinte por veinte horas. El libro con la merca también es blanco, y en la tapa hay una mujer que sonríe con un bebé en brazos que también sonríe. Una mano se escapa del fuera de marco y deja que la pistola que sostiene haga presión sobre la cabeza del chico.
Conviene dejarse engañar por las primeras líneas falsamente epifánicas e ingenuamente epifánicas y optimistamente naif. Contribuye a que los mazasos que nos vamos a comer peguen más fuerte.
¿Querían literatura del yo? Mariano Dorr te da una novela protagonizada por Mariano Dorr y por los amigos de Mariano Dorr con los nombres que figuran en sus respectivos documentos haciendo fila para cagarlo a trompadas –que es lo que se merece, por buchón. Problema de Dorr. O de los amigos de Dorr. Para ese entonces ya estamos a la mitad de la novela con ganas de cagar a piñas a Dorr o a los amigos de Dorr si no nos dejan seguir leyendo.
Es notable cómo Dorr consigue llamar a cada cosa por su nombre con su arsenal de neologismos kitsh. Meta ‘pastel’ en el ‘costicismo’ de la ‘xp’ ‘al natu’, con toda la ‘energía blanca[/negra]’ que estar ‘perdidos de la mente’ les permite a los ‘marylinizados’… ¿¿¿???
Quisiera llevar tranquilidad a los cartesianos: se entiende todo. No es tan difícil si se pone un poquito de voluntad. Se entiende más que lo que se entiende tras la maraña de peruanismos de los cachorros de Vargas Llosa. Se entiende mucho más que el nadsat anaranjado del Burgess mecánico. Y lo mismo que en uno y otro caso, lo raro es parte del encanto.

“En algún lugar, Primo Levi anota que los sobrevivientes, en el Lager, eran los peores; los mejores, morían. La norma para seguir viviendo era: en primer lugar, en segundo y en tercero estoy yo. Y luego nadie más. Luego otra vez yo; y luegos todos los demás. Una noche de xp, Martina me explicó quiénes eran los ‘musulmanes’ dentro del Lager: los prisioneros desnutridos, golpeados, con vendas en la cabeza, como turbantes, que temblaban de frío y de lejos daban la impresión de ser ‘árabes en oración’. Eran los que habían abandonado toda esperanza de vida o de muerte.” (“Musulmanes”, de Mariano Dorr; Ed. Casanova, colección Barranca Yaco; 126 páginas.)

Dorr escribe como habla. Lo mismo pasa con Pola, con Meret y con Incardona, que es como decir que pasa con toda una generación. Esto me hace pensar que lo único que pasa es que recién ahora escucho a los escritores antes de leerlos. Lo importante es que Dorr no habla como Incardona, ni como Meret ni como Pola. Dorr habla como puto, en femenino. Todo es femenino en el modo. Lo masculino está en los hechos.
Esta es la historia de un Cristo que, a pesar de las dudas que lo torturan hasta el último momento, se sacrifica por… por… por su salud. Lo que no parece mucho sacrificio, después de todo, sino más bien lo contrario. Pero ni el amor ni el sexo ni la paternidad son el polo de atracción de la novela. El eje es la merca. El centro de gravedad. La mujer amada, el sexo compartido y la hija a criar son mediaciones, diques de contención, maniobras distractivas. (Las dudas y las ganas de cagar a la mujer con la primera piedra que se le cruce por el camino es uno de los puntos más altos del relato.) El protagonista abraza (cada vez más enfática, más sospechosamente) todo el paquete y cae de rodillas en sus loas al milagro de la vida que se renueva y los vínculos más sólidos que cualquier tentación y el otro que te completa y con el que descubrirse realmente a uno mismo. Pero se cierra el libro y uno se pregunta cuánto habrá tardado hasta la siguiente bolsa.

Matías Pailos

Etiquetas:

09 septiembre, 2009

Post ales

X

Estábamos con Martín, mi amigo
en una clase de natación
nadábamos juntos
por el mismo andarivel
(andar es un anagrama de nadar)
Ese mismo día a esa misma
hora
dictan lecciones de buceo
Unos tipos que traen chalecos
neoprenes, patas gigantes
esnórkeles tanques de oxígeno
cinturones de plomo y
todo el equipo
-la mar en coche-
Vamos nadando
con Martín
y los buzos
nos pasan por abajo
lentos pesados ajenos
A veces nos rozan
Las burbujas que sueltan
en racimos apretados
y nos explotan en el cuerpo
como granadas de aire



XX

En Pacífico me enchufan un cupón de “raspe y gane”
—no entiendo cómo todavía pueden promocionar cosas de esa manera—
¿Quién creerá lo suficiente como para raspar y
ganar?
Quién a seguir las instrucciones de un volante repartido en la vía pública
—­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­por favor, no arrojar a la calle—
Yo quisiera raspar y
Perder
Entonces le confiaría a tu volante
escucharía lo que tiene para decirme interpelarme
con ese lenguaje imperativo de la publicidad:
estudie aprenda compre gane sea
sea
se me ocurre hacer hago algo que el folleto no me pide
me lo llevo a la nariz
(el olfato al fin y al cabo se inventó para saber qué meternos adentro y qué no)
no lo raspo
lo huelo
Es un olor que tiene
maravilloso
a sticker
a Stani
a Figurita autoadhesiva marca cromi
huele a mi infancia
al Proust que no leí
a mi idea de Proust
pero aquí el presente
la tarde es áspera
el cielo
me raspa y
me gana.


Ariel Idez

29 agosto, 2009

La envidia corroe el alma

Llegué tarde porque no quería cruzarme con nadie. Me quedé en el fondo, pispeando la situación. Al rato había avanzado diez o doce escalones. Inmediatamente tomé posesión del primer asiento de una de las filas de adelante. Los presentadores seguían hablando. El protagonista parecía intimidado. El que lleva la batuta es un canoso con pinta de Alan Pauls. Habla a favor de imponerles restricciones a los autores, de la conveniencia de hacerlos trabajar. Qué tanta libertad. Ríe: reímos. Después le toca el turno al que se parece a Cozarinsky y después, al émulo de Piglia –que lo imita a la perfección, con citas de Arlt incluidas. Se van pasando la pelota de uno a otro labrando un colchón que permita a la audiencia no sentirse defraudada: ha asistido a una auténtica presentación de libros. Clavo la vista en el único que no juno. Sí: parece de mi edad. ¿Qué tiene él que no tenga yo?

-Podemos dejar que el autor diga algunas palabras.

Algo que no es claro que el autor quiera. Probablemente sí –la vanidad es una pasión de multitudes. Probablemente quiera que creamos que no es claro que quiera, etcétera, etcétera. Así que agarra el micrófono y masculla un par de lugares comunes salpicados de dos o tres nombres adecuados –cita a Onetti como gran influencia y vuelvo a pensar cuánto mejor lo haría yo, cuán poco sufriría la situación, cómo aprovecharía este notable auditorio del MALBA para realizar mi primer strip-tease cuando el autor –A.K.A. “Diego Meret”- decide bajarme de un hondazo a la realidad en medio de un discurso interrumpido.

-… no sé… ¿quieren hacerme alguna pregunta…?

¿Eso es todo lo que tenés para decir? ¿ESO es TODO?
Hijo de puta.
Hijo de puta.
Me empieza a agarrar un ataque de ternura. Me felicito por el ataque de ternura, porque no quiero ser (solo) el hijo de puta rencoroso que en el fondo soy. Lucho porque la ternura no se limite a ganar una batalla, pero qué se yo.
Pregunta de acá, pregunta de allá. El Símil-Pauls acota algo acerca del tipo de pasado que se narra –que parece mucho más antiguo de lo que el límite de 35 años del premio Indio Rico que recibió permitía. Meret lo piensa. Dice: “sí, sí… muy interesante, sí…” Proto-Cozarinsky me cuenta el argumento. Habla de una parte en la que el protagonista –el de la novela/autobiografía, y por tanto probablemente Meret mismo- se encierra en una pieza de hotel por unas horas a escribir. Seudo-Piglia (¿o Símil-Pauls?) menciona la escritura de algo en el baño de la fábrica el último día de trabajo.

Yo, yo y yo: ¡podría haberlo hecho tanto, pero tanto mejor…! ¿Y si vos te dedicás a escribir y me dejás a mí las presentaciones públicas?

Más preguntas –alguna del público. No me privo de hacer una bien pelotuda.
Más intervenciones –ninguna del público. Este es un dato positivo. ¿Y si dejamos que el autor nos lea una parte?
Meret toma el libro –su libro- entre manos. Lo abre. Lo empieza a ojear. Va de atrás para adelante y al revés. La indecisión es un manjar podrido.

-¡Que lea el principio!

Primera queja del coro de viejas. La chica a mi lado interrumpe el frenético tomar notas para revolverse inquieta. Meret sigue en la duda.
Símil-Pauls lo corta de cuajo. Agarra el libro y le apunta al blanco. Meret se para y lee un apartado intitulado “El escritor”, que empieza diciendo “Hay cosas que me hacen pensar que tal vez no sea un escritor”. (Más tarde, Símil-Pauls señalará al otro como el causante del paso de la nada (= no ser escritor) al ser (escritor).)

-¡Más alto!

Las viejas siguen impertérritas en el ejercicio de su función. Meret lee en voz muy baja, siempre en el mismo tono. Minimalismo, que le dicen.
Aplauso, medalla y beso. Sigo transido de envidia y rencor. Pero el hijo de puta se hace querer.
(Además está el siguiente comentario de Fogwill en “El País”: “La también unipersonal Mansalva, conocida por su biografía de Lamborghini y por ostentar el diseño de cubierta más distintivo de las editoriales de esta lengua, introdujo en julio En la pausa, de un tal Diego Meret, de quien sólo se sabe que ronda los treinta años, que fue obrero textil y que, si logra otro libro de este nivel de calidad, figurará muy pronto en ese seleccionado argentino donde, a falta de mejores, se nos suele poner a Pauls, a Kohan, a Piglia y a mí”.
Pero mejor esta otra, del blog de Budassi: “En El país mencioné a Busqued, Havilio, Meret, esos tres que escriben libros verdaderos y no son talleristas para nada… porque no encuentro ninguna operación tramposa, ninguna aventura libresca, ningun amanecer titilante. ¿Captas? No aparecen rubias que fuman a la hora de la excitación sexual ni tipos de impermeables para crear una imagen de suspenso. Como en La ciudad ausente, que hay un tipo de impermeable que se llama Junior. No aparece nada de eso."
Así que) aplaudo a rabiar y salgo antes que nadie. Voy al estante, compro el libro y vuelvo corriendo. Aprovecho la distracción momentánea de fotógrafos y periodistas –ocupados con los presentadores- para exigirle a Meret, a mano armada, que me firme el libro.

Matías Pailos

Etiquetas:

20 agosto, 2009

Ricardo Enrique Bochini: por un fútbol menor






La primera vez que me asomé a una utopía popular fue en la tribuna de Independiente. Miles de voluntades mancomunadas cantaban a voz en cuello, apropiándose de la música de Gieco: “Sólo le pido a Dios/ Que Bochini juegue para siempre/ Siempre para Independiente/ Para toda la alegría de la gente”. El imposible biológico, que un jugador de fútbol venciera el deterioro del tiempo para jugar eternamente, no prometía la muerte de los rivales ni su fervorosa sodomización (leiv motivs de las tribunas) sino algo mucho más extraño y elusivo: su sempiterna alegría. Al final del cantito bajaba de las tribunas un grito ensordecedor Bo-bo-chi-ni Bo-bo-chi-ni y allá lejos, en el campo de juego un hombrecito minúsculo que trotaba en el césped levantaba los brazos, entre agradecido e intimidado. No recuerdo la primera vez que oí hablar de él y si digo que lo vi jugar en realidad quiero decir que estuve presente en una cancha mientras él disputaba un partido pero en aquellas épocas el fútbol se escurría de mi entendimiento y me costaba sostener la atención durante todo un partido. Sí recuerdo nítidamente una mañana del verano de 1988 en Mar del Plata, pero dejemos eso para más adelante.


Gran parte de la genialidad del Bocha está asociada a la aparente contradicción que encarna: en sus épocas de esplendor Bochini parecía cualquier cosa menos un jugador de fútbol: enjuto, bajito, algo desgarbado, portador de una pelada de oficinista y un rictus amargo en la boca, trotaba la cancha con el desdén de un burócrata. Nada de contradicción, no es a pesar sino gracias a esas debilidades que Bochini se convirtió en Bochini: el hombre que supo hacer de su fragilidad su fortaleza, a despecho de los atributos fascistoides que la publicidad nos ofrece como objetos del deseo: fuerza, velocidad, belleza física, dominio, poder. Como salvedad debo reconocer que yo fui testigo de los últimos años futbolísticos del Bocha, cuando ya estaban mermadas sus de por sí exiguas dotes atléticas, pero creo que esta fue su mejor etapa, la que lo terminó de consolidar con la marca que distingue a los más grandes en toda actividad humana: la de convertir su nombre en adjetivo, en esos años en los que las piernas no le daban para correr y gambetear hacia delante ni el físico para poner el cuerpo ni la velocidad para echar un pique se terminó de trazar el camino que va de Bochini a lo Bochinesco. O para decirlo de otro modo: cuanto más se debilitó su cuerpo aún más se fortaleció su fútbol. En lugar de obsesionarse con el gol, meta obvia del juego, demostración de poder y superioridad, Bochini se concentró en el pase: prefirió gestar los goles antes que hacerlos. De ahí tal vez cierto aire desprolijo en sus conquistas, como hechas a pesar de sí mismo. Sus pases, en cambio, son de una belleza inusitada. No importaba cuantos zagueros le pusieran delante: Bochini nos enseñó que con un pase se puede caminar a través de las paredes que elevan las más aguerridas defensas, hizo del pase una línea de fuga sutil, delicada en su trazo que atraviesa todas las piernas dispuestas a romper y desemboca a los pies de un delantero mano a mano frente al arco. Por eso tal vez algunas de las jugadas más hermosas de Bochini ni siquiera hayan terminado en gol, malogradas por la impericia de un novel puntero pero qué importa, qué más da, si nos regalaban la belleza del juego y la lección inolvidable: “por ahí sí que se puede pasar”. Bochini nos mostró que un gran jugador no necesita tirarse a los pies ni correr una maratón interminable, ni insultar a rivales y referee, ni franelear histriónico una camiseta que está dispuesto a abandonar mañana por un puñado de euros. “Si el Bocha frota la lámpara”, decían en las tribunas. Un gran jugador vale en potencia, no en acto, por lo que puede llegar a hacer. Bochini nos regaló una lección domingo a domingo: un gran jugador no juega el partido: lo interviene. El Bocha no ganó una fortuna, no jugó en Europa, no ganó el botín de oro y nunca se destacó en la Selección, eso sí: creó a sus predecesores y uno de ellos, el representante del Fútbol Mayor, lo nombró Maestro poco antes de convertirse en Dios. Jugó toda la vida en el club donde se inició. Quiso que su vida transcurriera como su fútbol: en el brillo fugaz de un pase o una precisa pared, pero hoy puede caminar por la calle que lleva su nombre, junto al estadio donde vivió sus días de gloria y enseñó cómo se puede jugar un fútbol sin voluntad de poder, el fútbol de otro mundo posible que habita dentro de éste en el que nos toca vivir y que algunos quisiéramos ver multiplicarse y proliferar: un Bochini, dos Bochinis.


Ahora estamos en Mar del Plata en el verano de 1988 y mi viejo me dice que me vista, que vamos a ir a ver los jugadores del rojo. A falta de camiseta mi vieja me enchufa una remera roja de algodón, una vergüenza, mi hermanito corre con mejor suerte, en plan de adiestramiento ideológico cuenta con su camiseta oficial con la publicidad de las modernas fotocopiadoras Mita. Independiente está haciendo la pretemporada en la ciudad balnearia y las prácticas son abiertas a todo público. Llegamos temprano, para tratar de enganchar a los jugadores antes de que empiecen a entrenar, pero ya están todos trotando en la cancha auxiliar bajos las órdenes del Indio Solari… menos uno, que se demora en el vestuario. Pedimos permiso y entramos tímidamente al modesto cambiador de un club de barrio. El bocha está sentado sobre un tablón de madera, vendándose los tobillos. Entonces me convierto en testigo azorado de una demostración de amor.


—Perdoname Bocha, yo nunca hago esto con un hombre, pero si no te molesta te voy a pedir si te puedo dar un beso.


Dice mi viejo y sin aguardar respuesta le encaja a nuestro ídolo un chuponazo en la mejilla. El Bocha se pone colorado aunque supongo que experimentará algo de alivio al constatar que el beso no fue directo a la boca y de lengua. Después conversan dos o tres trivialidades sobre la pretemporada y tenemos que salir para dejar que Bochini se termine de cambiar. Antes de irnos bajo la vista y observo los pies del Bocha: unos pies diminutos, casi infantiles. Ese día aprendí que tamaño tienen los pies de los auténticos gigantes.


Ariel Idez


Etiquetas: ,

14 agosto, 2009

Otoño ven a mí

.Cochinita imperfectita Inacaba se decía Pobrecita la seriecita que se le cayó el ceño de tanta preocupacioncita. Soliiiiita. Soliiiita. Pobrecita la boludita que se mira el reflejito o solo se piensa a ella solita, soliiiita, soliiiita. Pero si supieras que en lo intransigente de lo constante, en la pérdida de sentido y en la naturalidad esta la realidad de cualquiera. No sabe no sabe no sabe. Le pregunta y no sabe más pobrecita ella que no entiende, que no capta, que no ve, que no encuentra. Las manitos de la cara no se las saca por nada, nono, porque le queda tierno y le desdibujan lo poco que pispea. ¡Que no sea! ¡Que no sea! Pero es y pobrecita ella so so so so so so lita. Con la velita, ¡ay! ¡la tontita! Con su casita bonita la casita. Y se sienta y se para y cocina y lava y ama y siente y duele y ayuda y permuta. ¡Muy bien muchachita! No tan solita! No tan solita! Y se marea, en la nada, porque si, sin razón, se pierde entre mierditas que piensa su cabecita cansadita tontita aburridita que no sale más allá al metapensamiento de la protocontrafacticidad del trascendente colorado del Dasein. Cualquier cosa, pobrecita. Con carita de seria y sosteniéndose los anteojos. Que divina la nenita, como asustadita pero prolijita. Con la casita con pequitas y caritas, muchas caritas preciosas y picaroncitas. Y te quiero te amo te adoro te tiro y te desodoro porque tu olorcito es fuerte, fueRte, fuerte realmente, sudor de animalito enjauladito que piensa que hace que piensa que hace que piensa que hace que piensa que hace. Deshago y despienso (que hace que piensa) desoigo y descreo (que piensa y que hace) me siento y espero (que dice que hace) escucho y releo (que hace que piensa) entiendo y respondo (que siente que piensa) le creo me indispongo (que piensa que piensa) sospecho y me agobio (que siente que hace) respiro y comprendo (que piensa que siente) que enrosco y no cuento (que hace que hace) no aguanto y lenguaje (que siente! que siente!) sonrío y entiendo (que hace que hace).Y aprende con la vidita la muchachita que las cositas no se saben y si se encuentra metidita bien chiquita en su cabecita es misterio de la mierdita internita de la personita. Que las cositas no se saben, ni un poquita, ni casi nada, que las cositas que se hacen se hacen un poquito tan poquito que ni se ve porque las cositas externitas les tocan los bordecitos y le cambian toda la formita como a un hilito de pizzita que lo patean todos los días en el piso del patio-comedor de mi casita tan bonita.

Daniela Colletta

Etiquetas:

08 agosto, 2009

Te persigue la policía en Navidad

Dicen que digo que. Puede ser. Solo estoy citando. Pauls acerca de Bolaño: lo que hace con “Detectives Salvajes” no es solo mezclar tradiciones distintas.
Es mezclar tradiciones incompatibles.

Ellos hacen lo mismo.

Música para nerds. Música para el sector rocker del mundo nerd: lectores de Inrockuptibles, oyentes de Mal Elemento, devotos de Alfredo Rosso.

-Are you talking to me?

Rock guitarrero, distorsionado, aullador. Etiquetas a disposición: low-fi, noise, indie. La mejor de todas, a cargo del “No” de Página –creo que con el dibujante Gustavo Sala como responsable inscripto-: “Indie Cabeza”. Referencias al por mayor: Pavement, Sonic Youth, Guided by Voices, Dinosaur Jr (que es a quienes más se parecen, ya que me preguntan). Un colchón de guitarras y un baterista con cuatro manos. Fragmentos pasados cuatro veces y vuelta a empezar. Fragmentos que vuelven, vuelven y no dejan de volver. Del minimalismo vanguardista, me quedo con lo repetitivo. Y el componente final: un abuso del crescendo. Lo que nos lleva directamente al segundo ingrediente de este entuerto, el opuesto al indie intelectual e instruido.

El canto de cancha.

Todos los temas son tarareables. Coreables. Para gritar a voz en cuello suprimiendo todas las consonantes. Como cuando la hinchada canta: ¡ae-ae-aeae-oo-o! (Traducción: “¡dale-dale-daledale-ro-jo!) Todos los temas se acompañan con un revoleo de brazos, un agitar de manos, un ir y venir del antebrazo en alto con muñequeo. Como diciéndole a Dios: ya vas a ver cuando te agarre.

No tienen letras: tienen mantras. Cada mantra es una historia que no necesita ser ampliada, sino sellada a fuego en nuestra memoria. Ejemplos:

-Quiero caminar más allá del hoyo oscuro y sentir temor.
-Vienen bajando las multitudes inquietas.
-Te persigue la policía en Navidad.
-Prenderte fuego es lo que quiero.
-Ahora estoy arriba de mi casa con un rifle.

Ah: la banda se llama “El Mató a un Policía Motorizado”. Rock platense modelo ’00.
El guitarrista rítmico es un nerdo entusiasta. El violero principal, un emo. El cantante y bajista, un gordo comehamburguesa que no se baña seguido. ¿Cómo no los voy a querer?

Los vi al menos tres veces. La primera con Facu, en Niceto, haciendo pogo con “El último sereno” y “Amigo piedra”, himno fumón psicoactivo (“amigo piedra necesito que me ayudes con mi auto otra vez para viajar a ese lugar nuevo”). La segunda, como soporte de Babasónicos, en el Club Ciudad. Composición del contingente: Idez grande, Idez chico, Maro, yo. Módicamente intoxicados, saltamos, nos empujamos y gritamos cada tema entre las miradas azoradas y espantadas de las escuadras glamorosas sónicas, sónicas, babasónicas. Tercer momento: este sábado, herido, en el Buenos Aires Design, con Pablo I. No estaba para empujones y mosh. Por suerte había una platea en el primer piso, y hacia allí fui. Tocaron todos los temas, cerraron con “Amigo piedra” y todos contentos.
De todas formas, aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo el tiempo por pasado fue mejor. Mañana es mejor. El mejor recital es el recital por venir. Hacia allí iremos en peregrinación las hordas elmatóaunpolicíamotorizadas, enarbolando nuestras panzas al viento, el esqueleticismo de nuestros amigos, el desaliño de todos. Y nos apretujaremos y nos burlaremos del cantante, del baterista y de todos los guitarristas, y corearmos todos y cada tema y practicaremos nuestro pogo de salón y, puntualmente, trabaremos las ventanas del galpón y treparemos arriba de mi casa con un rifle en el diciembre final, hasta el nuevo amanecer.

Matías Pailos

Etiquetas: ,

02 agosto, 2009

The End

Un cabezazo a la pared provoca que el hospital sea un destino. Entre gasas, algodones y pañuelos de papel contuve el mar rojo que insistía en llenar la franja de Gaza en mi ceja y franqueé las cuadras que me separaban de la guardia. Ahí: desinfección, pinchazo en la cabeza y tres puntos de sutura. La promesa de una herida de guerra. Tres de la mañana y un susto que me quitó tanto la borrachera como la agitación post-ensayo.
Todo hospital tira para atrás. Aún la más cara clínica privada ultra-aséptica y con todos los chiches de confort neopalermitanos. Cuando llego en medio de una urgencia me pongo tremendista.
No hay caso. Me quiero relajar. Quiero comportarme como un sujeto racional, razonable y maduro. Quiero restarle importancia al asunto y pensar en otra cosa. Pero el caso sigue sin haber y algo de mí se pone en pensar en invalideces, imposibilidades, condenas perpetuas en camas y un inminente final de juego.
No pasó nada. Antitetánicas & dvdés & charlas con amigos y ya estoy una vez más en el ruedo, angustiándome por giladas y haciendo cosas en todo momento como si realmente fueran más importantes que mi propia vida. Pero vuelvo a constar en actas mi pésima relación con el dolor y la muerte. Pienso y pienso y dejo de pensar y vuelvo a pensar. Le doy vueltas y me siento a empollar sobre la palabra “aceptación”. Como gallina soy un fracaso. Así ese huevo nunca va a llegar a gallo.
Pienso en mi amigo N, quien, interpelado acerca de un eventual e improbable fusilamiento me contestó que lo afrontaría con una sonrisa –y remató con un golpeteo sobre el corazón para que el pelotón sepa adónde apuntar, antes de desbaratar la reflexión con una mueca imitación de la muerte en dibujitos animados. Pienso en Foster Wallace insistiendo en que somos una cultura adolescente, inmadura e irracional, que busca tapar como sea e inmediatamente el dolor –porque lo ve como el mal, y no como lo que realmente es: un síntoma. Pienso en Daffunchio, mi guitarrista local de cabecera, y cito: “soy un ferviente creyente de que lo importante es lo vivido, lo que queda dentro del corazón, verdaderamente. Lo importante, para mí, es tener la conciencia tranquila. La felicidad de haberlo vivido”.
Y sigo intranquilo.
Probablemente lo mejor que se haya escrito en literatura al respecto sea “La muerte de Iván Illich”, de Tolstoi: últimos momentos en la cabeza de un condenado. Pero de lo último que leí, lo que más me impactó son las “Tres meditaciones acerca de la muerte”, de William T. Vollman. (Lo pueden encontrar donde yo lo encontré, en el volumen I de “Lo mejor de McSweeney’s” –ed. Sudamericana, colección “de bolsillo”, alrededor de 20 mangos-, que es bastante desparejo pero esa es la idea: echar un vuelo de pájaro sobre lo qué pasa con la nueva literatura norteamericana.) Es un cuento barra crónica barra ensayito barra diario personal, en el mejor corte sebaldiano. Tres monólogos a cargo de Vollman himself como sujeto de la enunciación: uno en las catacumbas parisinas, otro en una morgue, un tercero con la batalla en la frente. El comienzo es grande.

“La muerte es algo normal”.

Tampoco me reconcilié con estos asuntos tras la lectura del angustiado y obsesivo Vollman. Sigo estando, a mi pesar, más cerca de la actitud de Sábato, quien alega que para llevarlo, la muerte va a tener que recurrir a la fuerza pública. Cierro, bastante a cuento de nada, con otra cita de Vollman: “Extraigo el sentido de donde lo encuentro, y cuando no lo encuentro, lo invento. Y al obrar así, niego la falta de sentido, y al hacerlo me engaño a mí mismo”.

Matías Pailos

Etiquetas:

24 julio, 2009

Una familia de rompebolas

Mi viejo:

– Mirá Nacho, vos sabés que tenés una madre de oro. Una vírgene. Una madona. Única. Con ella siempre tuvimos buen sexo. Yo siempre disfruté dándole placer a tu madre. Y más ahora, que desde la operación ni siquiera me salta (se me va para adentro). Pero también es mujer. Y como toda mujer, es una rompebolas. El otro día, por ejemplo. Era martes. Empecé el día bárbaro. En la oficina. Laburando. Tranquilo. Alegre. Feliz. Pero ella empezó a romperme las bolas ya desde temprano. No me acuerdo por qué era. Un problema con tu tía, creo. Yo no me quería enganchar. Me hacía el boludo. Le sonreía. Le decía piropos. “Bichito lindo…”. Pero ella seguía y seguía. Dale que dale. No paró hasta que me sacó. “¡¡Juana, por favor, no me rompas más las bolas!!”. Recién ahí se quedó tranquila. Decí que ahora tomo tegretol. Ves, en eso, vos medio que saliste a tu madre. Tu hermano siempre se pareció más a mí. Pero vos sos más parecido a ella. Siempre fuiste medio rompebolas. Te tomás las cosas muy en serio. Es más, en una época eras la imagen de todo lo que detestaba. ¿Qué? ¿Y ahora que dije? Sos tan susceptible. Sí, ya sé. Eso fue hace tiempo… ¿Te vas a comer esa aceituna?
Mi hermano.
– ¡Uy! Mamá es una rompebolas. Todo el día con la biblia rompiendo las bolas. Parece Flanders. No se relaja nunca. No para. Cuando me peleé con Maru le dije: “Má, no la llames. No te metas”. ¿Vos te pensás que me dio bola? A la semana ya la había llamado. Y encima, cuando le pido explicaciones, me caga a pedos. Y vos también sos bastante rompebolas. En eso saliste a mamá. Te hacés problema por todo. Planificás todo. No dejás nada al azar. Por ejemplo en Brasil. Que el despertador. Que la crema solar. Que factor 50 para la cara. Y el 35 para el resto del cuerpo. Y de chico, además de rompebolas, buchón. Todavía me acuerdo cuando fuimos a la psicóloga. Sí, con papá y mamá. Yo estaba en segundo grado. Te pusiste a llorar y les dijiste que me había sacado un dos en lengua y que había escondido la prueba. ¿No te acordás? Estuve un mes sin poder ver la tele ni jugar a los videos. ¡Un mes!

Mi vieja:

– Yo no entiendo porqué en esta familia todos dicen que rompo las bolas. Decí que yo nunca fui muy susceptible. Y que no le presto demasiada atención a lo que dice tu padre. Si no, me tendría que haber suicidado a la semana de casados cuando me dijo “Rajá, negra basurera”. Tu padre siempre fue un diamante en bruto. Pero que, ¿tu hermano también dice que soy una rompebolas? ¿Acaso ellos se creen que no rompen las bolas? Cuándo dejan todo tirado, los platos sin lavar, la cocina hecha un asco, ¿no rompen las bolas? Cuándo tu padre se levanta a las 5 de la mañana y empieza con los ruiditos en el baño. Los buches. El bidet. Las gárgaras. Y eso cuando no empieza con las preguntas: “Juana, ¿dónde está el vaso con los dientes?”, “Juana… Juana, no encuentro los documentos, Juana…”, “Juana, no viste donde estaban las llaves… Juana.”, “Juana los papeles del auto, los viste?”. Ah, sí. Los señores nunca rompen las bolas. Y tu hermano. Cuando se pone en pedo con los amigos y vomita en la puerta. O se van a hacer qué se yo qué y después te dice: “Má…, me pasás el teléfono del Dr. Diaz”, “¿Y ahora qué pasó?”, “Nada, má. No rompas las bolas.”, “No, nada, no. Ahora me decís que pasó.”, “Nada, es para un amigo. Nos fuimos de putas y se le rompió el forro.”, “¿Estás seguro de que es para un amigo y no es para vos?”, “Má, no rompás más las bolas. Ya te dije que es para un amigo. ¿Me vas a dar el teléfono o no?”. Eso no es romper las bolas. Sí, ya sé que demostrar que tu viejo y tu hermano son unos rompebolas no prueba que yo no sea una rompebolas. No sé si alguna vez te dije, pero te ponés bastante rompebolas con la lógica. Ves, al final una no puede decir nada. Sos muy suceptible.

Mi primo:


– Yo no sé, si serán rompebolas o rompepelotas o hinchapelotas. Pero sí sé que con una buena japi se les pasa todo. Cuando a una mina te la cojés bien, no te rompe más las bolas. La otra vez venía medio fusilado. Medio escabio. Pichula caída. No había Boston Group que me levante. Le eché un rapidito. De costadito. Un muertito. Como para irme a dormir relajado. Creo que ella no acabó. Igual, nunca estoy muy seguro cuando acaba y cuando no. Ponele que no acabó. Yo ya estaba roncando. A las siete de la mañana tenía que levantarme para ir al super. A laburar. Y la mina que se me pone a hablar. Una rompebolas. “Santi, ¿estás seguro que no tenés problemas emocionales?”, “…”, “Para mí que tenés problemas emocionales”, “…rmmm…”, “La verdad, no te tendría que haber dicho nada. Si tenés problemas emocionales es muy difícil que los veas”. Y así hasta que se durmió. Sí, ya sé. La culpa la tenemos nosotros que no nos las garchamos bien. Pero qué se le va a hacer. Una noche de bajo rendimiento la tiene cualquiera. Como diría el Fleco, no podés ser un ganador las 24 hs del día, los 365 días del año. Sí. “Con una sola Fleco, con una sola”.

Mi amiga Julieta, la policía de género:

– Ojalá ustedes se tuvieran que depilar. ¿Vos sabés que rompebolas que es depilarse? Vos sabés que rompebolas que es tener que ir toda arreglada a una fiesta. Pintada. Peinada.

Otra fuente inagotable de información acerca del fenómeno de romper las bolas es mi mejor amiga, Vale:

– Eee… Sí… De vez en cuando le rompo un poco las bolas a Nacho. “Te voy a hacer una remera” me escribe por el MSN. “Va a decir ‘Soy una RPBLS’. Y te la podés poner para ir al gym con tu amiga Patricia, mi ex. Eso sí, no te olvides de darle reliverán, porque parece que de sólo escuchar mi nombre le dan ganas de vomitar”. NMRMLBS. Así me pone en el Skype cuando sus acciones en el mercado de valores de la seducción cotizan a la baja. ¿Qué qué hago para romperle las bolas? Nada. Es un lunático. De vez en cuando le mando algún mail. Yo sé que le puede romper las bolas. Pero se los mando igual. El otro día me re respondió “Querida Valeria, te suplico, no me mandes más mails con boludeces. No quiero saber ningún chisme más del mundo blogger. Ni de de porqué la profesora Fernández no te pasó la nota del seminario. O que te quiso decir el Dr. Roxler cuando te dijo que la monografía que entregaste ‘estaba bien’. Y espero que interpretes esto como una rompebolas de regla, y no de acto. No sé si me explico. Quiero que sigas la regla ‘no me mandes más mails con boludeces’ y no que simplemente dejes de hablarme de tus problemas existenciales con el Dr. Roxler y la Dra. Fernandez, que sé, se resolverán a la brevedad. Besos. N.”. Sí, cuando tiene que entregar un paper no se le puede decir nada. Es tan susceptible. Tan rompebolas. Además, se toma todo demasiado en serio. Para mí que todavía la extraña a Patricia. Si no, para qué me dice lo del reliverán.

Nacho

20 julio, 2009

Atacama-Valparaíso

El barrabrava multiplicaba las posibilidades combinatorias de las tres palabras que el alemán sabía en castellano para naturalizar lo imposible: estaban hablando. El barrabrava oficiaba de intérprete de la sociedad chilena y entrevistador. El alemán asentía, repetía “sí, sí, sí” y remataba sus intervenciones con inefables “hum!”’s. A mi lado, ambos del otro lado de la realidad chilo-alemana del micro, Facu dormitaba. Cinco días en San Pedro de Atacama despertándonos demasiado temprano para abordar combis que nos internaban por caminos hechos de sólida negrura nocturna y plagado de ripios que impedían tanto dormir como disfrutar del paisaje, cinco días caminando como noctámbulos –el ritmo es el mismo- de acá para allá, entre rocas coloradas, sobre salares pulidos, bajo el agua de lagos aspirantes a mares muertos, cinco días en hostels sin agua caliente y almohadas bidimensionales: desmayarnos en los asientos era un esfuerzo excesivo. No pasa una hora y ya llegamos a Calama. Chau, dice el alemán. Entre nosotros y el barrabrava, la nada del pasillo y un asiento vacío.
El barrabrava vacía su séptima cerveza diez minutos más tarde. Está listo para iniciar el ataque.

-Ey, amigo.

Estoy reclinado en el asiento, los ojos apuntando a “La novela luminosa” de Levrero o a “Las sirenas de Titán” de Vonnegut o a “Los libros de la guerra” de Fogwill.

-Ey, amigo.

¿Qué te pasa, tarado? ¿No ves que estoy leyendo?

-Ey, amigo.

Ufff…

-¿Soi argentino?

Después de unas semanas de ese lado de la cordillera, la sensación de extrañeza generada por el particular modo de expresión se ve atenuada, pero… ¿cómo que si sos argentino? ¡Sos chileno! ¿No te escuchás hablar?

-¿Te gusta el fútbol?
-… sí.
-¿Soi de Boca?
-… Independiente.
-¡Uhhh…! ¡Aguante la Academia!
-…
-Somos amigos de Racing, vo.
-… hum.

Décima cerveza cerveza. Clavo los ojos en el libro.
Diez minutos más tarde:

-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-… ¿sí?
-Cuidado con el bolso.
-… hum.
-El chileno es harrrrrto oportunista, vo.
-… ajá.
-Sí, vo. Así que ojo. Si bajai, bajai con la mochila, vo.
-… bien.

Clavo los ojos en el libro, parte 2.

-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.

Y cinco minutos más tarde:

-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.

Y cinco minutos más tarde:

-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.

Llegamos. Esto es algún lado. Ya es noche cerrada y el barrabrava deja atrás su vigésima cerveza. Bajo.

-Ey, amigo.
-…
-Ey, amigo.
-… ¿sí?
-Cuidado con el bolso.

Agarro el bolso. Entonces, el horror: el barrabrava, su mochila y su hatajo de cervezas, me siguen. ¿Querés?

-¡Claaaaro, huevón!

Me alejo del parador. El barra oscila hacia mí. Se apoya en el árbol. Le doy una seca, dos secas y se lo paso. Le da una seca. Le da otra seca.

-Fumá tranquilo.

Tres secas. Cuatro secas. Me lo pasa.

-Dale, dale tranquilo.

Quinta seca. Sext…
Se tambalea. Cae. Le saco la mochila y el manojo de cervezas y vuelvo al micro.

Matías Pailos

Etiquetas:

16 julio, 2009

Los nombres de la cosa

Una vez les imploramos que nos acercaran un baterista. No nos defraudaron. Y aunque el muchacho en cuestión prefirió arder antes que apagarse, fue el combustible que nuestra usina productora de feromonas atrae-bateristas necesitaba: ya hay otro aporreando sus parches. Lo que requerimos de ustedes, ahora, es más sencillo: dennos un nombre. Tuvimos “Sonora”, y apareció un “Mambrú” mexicano que con el sencillo expediente de intercalar una “h” [i.e., “SonHora”] nos cagó de aquí a la eternidad. Tuvimos “Asesinos de Sonora”, pero la primera vez que nos preguntaron cómo nos llamábamos, se nos cayó la cara de vergüenza. Ahora no tenemos nada más que su ingenio. Sáquenle jugo a sus cabezas.
Yo les alcanzo el exprimidor.

Matías Pailos

PD: nuestros temas tienen lo peor de Bowie, Joy Division y Pixies.

Etiquetas: ,

12 julio, 2009

Ruraleando

El oportuno llamado de Ariel logró arrancarme del descuidado enclaustramiento autoimpuesto de fin de semana. Dos horas más tarde estábamos a las puertas del falso “Kentucky” frente a la Rural para abordar, a dúo, un nuevo avatar de la maxi-muestra de arte que congrega las multitudes habituales de clase media acomodada –en sus variedades cool, snob y concheta –más todos sus híbridos. Como el fútbol, los eventos culturales es mejor vivirlos con amigos. Para Ariel, el arte es una fuente de ideas. Si no fuera por él, par mí solo sería una simpática batería de estímulos. Por ejemplo, el cuadro ese de una mina verde. ¿Autorretrato de Diana V-Invasión extraterrestre? Me doy vuelta y ya perdí un amigo. Doy un par de vueltas y choco con una modelo negra de dos metros rematada con un afro, porque ser una modelo negra del brazo de un cincuentón colorado echapanza de anteojos negros de carey le pareció poco exótico. ¿Mina o trava? Los aguijones en los ojos de dos promotoras de Cinzano me dan la respuesta: mina. La negra troca en amuleto de la buena suerte: víctima del maligno hechizo macumbero que emana del afro, Ariel le pisa los talones. Lo freno. La negra se aleja. Con la distancia, el hombre recupera la cordura. Diecisiete giros irregulares en zig-zag y media hora más tarde, Ariel llega a la primera conclusión inevitable:

-Me está empezando a hinchar las pelotas las dos dimensiones.

Que era más o menos lo que le venía repitiendo como un loro desde diecisiete giros irregulares en zig-zag y media hora antes. Damos con un collage de fotos de cuadros clásicos superpuestas con cachos de cuadros contemporáneos intervenidos a pincel, lápiz y aerosol graffitero. Cuando estemos a un tris de retirarnos, veremos cara a cara su contraparte: otro collage de fotos para nada clásicas ni artísticas sino publicitarias, intervenidas más o menos con las mismas técnicas. Ariel traza una cruz: he aquí una constante del ACA [i.e., “Arte Contemporáneo Argentino”]. Ahí recuerdo que el tipo que habla de arte en la Metro los sábados a la mañana (Julio Suaya o Sualla o Zuaya o Zualla o… (acá Internet me acota que es “Suaya”)) postuló a la falta de recursos (i.e., guita) como la razón principal de esta vida a fuerza de enchastres pintarrajeados encima –que tanto nos gusta –porque además de pobres somos fáciles. Se lo voy a decir cuando atravesamos el quincuagésimo octavo desnudo –femenino o masculino, pictórico o escultórico. El oráculo Ariel sentencia:

-Los artistas son todos unos pajeros.

Asiento, e inmediatamente –“todos los filósofos son obsesivos”- dudo: ¿por qué particularizar en este gremio? Esa pintura me suena conocida. Polosello, genio y figura. ¿Será porque nunca nos fuimos del centro de la muestra, sino que siempre estamos volviendo? Detrás de un simpático enano de yeso –un viejo degenerado en pelotas a punto de prenderse un churro casi tan grande como su cabeza-, unas fotitos de pendejitas en bolas. El oráculo Ariel reloaded:

-Los artistas son todos unos pajeros.

Nos acercamos. Ninguna fotito: son dibujos. Técnica empleada: un par de bics azules sobre cartulina cualunque. Lo estudiamos en detalle. Padecemos, una vez más, el asombro infantil ante el milagro técnico, cuya realización nos está vedada. A la derecha de las pendejitas a bic, un mamarracho rematado a las apuradas, que intenta remedar las primeras hechuras estéticas de los infantes. Una mierda.

-Son estas cosas las que te hacen pensar que el posmodernismo está profundamente equivocado.

El nuevo objetivo: encontrar las obras de Gabriela Messuti, young artist & hermana de amigo. Pasamos ante otro enano de yeso en pelotas. Con la mano derecha, sigue atentamente los derroteros en tinta del Federico Moreau de Flaubert (el libro no es de yeso). Con la izquierda, se hace una paja. Tomamos un atajo y terminamos en un atasco. Gente en fila. Nos paramos detrás. La cola es sin por qué. ¿Somos pelotudos? Media hora más tarde nos obsequian con un encendedor y una caja de cigarrillos antes de dejarnos acceder a una cueva de cartón de dos por dos: la chotísima instalación de Harmony’s. Salimos y otro enano de yeso nos señala mientras se caga de risa.

Simpático.

La tierra prometida. El futuro tan deseado. La “sección joven”. La agotamos tres veces (con sendos parates en la carpa-rave para frotarnos contra tetitas en flor –favorecidos por el amuchamiento). Vencidos, nos tiramos en un sillón. A mi derecha, otro enano de yeso en pelotas, indistinguible de los anteriores, me levanta el pulgar mientras me exhibe un cartel que es toda una declaración: “son dos pelotudos”. Pienso en romperlo. Pispeo: no mira nadie. Algo me retiene. Es el sombrero del enano, en el que se lee su precio en cuatro cifras y moneda extranjera. Vamos, digo. A punto de llegar al stand del colectivo platense en el que milita uno de los rockers integrante de “El Mató”, un nuevo ejemplar de enano enyesado, tan indistinguible de los anteriores como el resto, nos invita, con toda la amabilidad que su desnudez permite, a abrir una puerta negra. Miro a izquierda, miro a derecha. ¿Por qué no? Abro.
Ahora estoy con la cabeza en un balde, empapado de pintura.
Llevo las manos al balde, intento sacármelo. Resbalo, caigo. Ya en el piso, me lo quito. Me siento. Me doy vuelta. Me pongo de pie.
Tirito.
Soy el punto focal de un anfiteatro humano. Soy el receptor universal de las risas, el imán para el polo opuesto que yace en cada índice. El enano yésico está tirado en el piso, cagado de risa, abierto de piernas.
Mi oportunidad.
Apunto y pateo. Hago carambola testicular de yeso. Las pelotas salen disparadas por los aires hasta dar con su lugar natural: las cabezas de dos guardias de seguridad. Una alarma empieza a sonar. La multitud se desbanda. Tres uniformados vienen hacia mí. Es el momento. A correr.

Matías Pailos

Etiquetas:

08 julio, 2009

Carta a un hombre sin miedo

Querido Ángel:

Espero sepas disculparme el atrevimiento de llamarte por tu nombre y tutearte aunque no tengamos el gusto de conocernos. Bueno, a decir verdad yo sí te conozco; te conozco desde que eras el fiel ladero del único escritor que metió un gol en la final de un mundial, en su aventura como DT de los merengues. Después te vi alternar en algunos equipos argentinos con suerte diversa, tal vez por eso no le di mucha bolilla a tu designación como entrenador de un equipo otrora grande, que parece inmerso en una sempiterna crisis institucional y cuyo único objetivo a principios de año consistía en obtener una veintena de puntos para escaparle al fantasma del descenso. Y tenía que ser así: el mejor equipo sólo se podía gestar desde el lugar más frágil, desde el más incierto, en el máximo peligro, como decía Hölderlin, también anida la chance de nuestra salvación. Al principio parecía casualidad “Huracán ganó un par de partidos”, después un rumor sostenido “El que está haciendo una buena campaña es Huracán, eh”, y al final una feliz certeza “Che, pero qué bien que juega Huracán”. Y que me perdonen los dioses de las buenas letras, por el lugar común, pero vos tomaste un rejunte de jugadores y los convertiste en un Equipo. Cuando conocemos a una persona que nos deslumbra decimos que tiene ángel. A este Huracán vos le prestaste tu nombre, no era el equipo de Angel, fue un equipo con ángel. Y esos muchachos en los que vos depositaste toda tu confianza, ilustres desconocidos, Pastore, De Federico, Bolatti, se convirtieron por obra y gracia de tu fútbol en las figuras del campeonato. Pero ¿Cómo puede ser que fueran tan, pero tan buenos y antes nadie se hubiera dado cuenta? Voy a citar a tu amigo, Angel, él nos va a dar una mano: “El miedo condiciona el comportamiento de los entrenadores, que no solamente son poco creativos sino que le temen a los jugadores creativos. El entrenador tiene la obligación de imaginarse el partido que se va a disputar. Empieza a ver cómo contrarrestar los peligros posibles, y el jugador creativo, que suele ser un poco displicente, termina dándole angustia al técnico, que prefiere al jugador que le garantiza seguridad y rendimiento regular. El jugador que tiene una concepción más poética del juego es por lógica más intermitente”[1] . Vos no les tuviste miedo a tus jugadores y les trasmitiste esa misma valentía, les explicaste la falsa dicotomía entre jugar bien y ganar, les dijiste que se defendieran con la pelota, hiciste del pase preciso un dogma, la belleza fue tu emblema, la poesía del fútbol tu estandarte. Y, en la era del pánico, nos enseñaste a todos a no tener miedo. Yo creo que por eso te odiaba la Corporación Mediática, esa sistemática empaquetadora, distribuidora y comercializadora de terrores: los hombres sin miedo son muy mal ejemplo para una sociedad cuánto más cagada en las patas, mejor.

Angel querido, me sigo tomando cofianza, pero es que vos también me conocés: soy uno más de todos los hinchas anónimos que en esta sociedad de antagonismos se pusieron la casaca del Globo. Yo los veía, en los bares, en las oficinas, en las paradas de colectivos, completamente olvidados de sus mediocres equipos que se la pasan jugando a no perder, alabando el fútbol que desplegaba Huracán y sus intérpretes: la gambeta endiablada de De Feredico, los pasos de bailarín de Pastore, la frente en alto, el tranco seguro, sacando pecho, de Bolatti. Después de mucho, mucho tiempo, nos dieron ganas de ver a un equipo por la mera razón de que su juego representaba un hecho estético: con tu Huracán el fútbol recuperó por un rato su belleza en tanto juego, al margen de resultados, de especulaciones, de negocios turbios, de derechos televisivos y comisiones millonarias y evasiones impositivas. Nos devolviste, más que la pasión (ese significante turbio con el que se arropa la violencia corporativa de los barras y la fraudulenta complicidad de los programas de la tele), la alegría, nos diste un motivo para ser felices.
Y los resultados te acompañaban, por supuesto. Encima Huracán ganaba todos los partidos. Yo creo que esto puso muy nervioso a las autoridades. Hubo preocupación en las “altas esferas”. Un tipo sin miedo propone recuperar la belleza del juego y le está yendo bien: Atención. Peligro. Por eso esa saña con la que te pegaban los primeros planos en las transmisiones, la alcahuetada de leerte los labios, pero otra vez la pifiaban, porque nos mostraban una y otra vez la mirada de un hombre con el fuego de la ilusión prendido en los ojos, un hombre de pie con la frente en alto, un Hombre sin miedo.

Querido Angel, tu Huracán encarnó la estirpe de los equipos de veras Grandes: Hungría del ‘54 la Holanda del ‘74, el Brasil del ’82, y como ellos, va a lograr un mérito mucho mayor que la inscripción de un campeonato: perdurar en la memoria popular de todos los hinchas de fútbol. Gracias, Angel, porque si algún día tengo descendencia podré decirle a mis hijos y a mis nietos que pude ver jugar a tu Huracán, que fui gozoso testigo de la poesía que desplegaba sobre el césped de los estadios. No nos diste un burdo campeonato, Angel, pero nos regalaste un Equipo para Siempre.
Y sí, Angel, perdimos la final, consumamos el destino de las Buenas Causas y a pesar de ello, o por eso mismo, la seguiremos peleando. El antifútbol sabe jugar finales, qué duda cabe y suele recibir una mano de los poderes de turno. Vi la final en un bar de Saavedra con mi viejo. El bar estaba lleno y quedó gente afuera, y me la juego que ninguno era hincha de Huracán, pero todos alentábamos como el que más, puteábamos al árbitro, gritábamos los goles anulados y sentimos el frío acero en el pecho cuando se consumó la injusticia. Te cuento esto, para que sepas que no tuviste un cuadro, una parcialidad, tuviste todo un país de tu lado. Y por supuesto las cámaras se ensañaron con vos cuando supieron que podrían hacer leña del árbol caído. Y yo te vi de pie, firme. Aún cuando te mostraron sentado en el fondo de la banca, con los ojos cerrados, rumiando la derrota, pensando que todas las causas buenas se van a la mierda y que por eso mismo tiene el doble de valor encararlas, ponerles el cuerpo, pelear por ellas.

Querido Angel, me despido y aunque tal vez nunca te lleguen estas palabras, se que algo te llevará el viento, el susurro de un aliento, el eco apagado del grito sordo de gol. Me gustaría encontrarme con vos alguna vez, en la calle, por pura casualidad. Y entonces Angel yo te daría un abrazo. Nada más. Sin palabras. Sólo un abrazo, unas palmadas en la espalda y con eso quedaría más que claro mi mensaje.

Gracias Angel

Ariel Idez, Buenos Aires, 8 de julio de 2009.


[1] “Los responsables del azar. Conversaciones con Jorge Valdano” en Villoro, Juan, Dios es redondo, Bs As, 2006, pag. 211.

06 julio, 2009

Algunas consideraciones semánticas de importancia marginal

Perdimos, dijo Ariel. A continuación, el cimbronazo. Parte del saldo del ajetreado tire y afloje de ideas, acusaciones y vilipendios (que puede verse con detalle en la sección “Comentarios” del post anterior), fue el zarandeo del par “izquierda/derecha”, aplicado atinadamente a diestra y siniestra, con más o menos ton pero sin tanto son, en la puesta pública de las evaluaciones políticas –mayormente a cargo del sector intelectual del espectro interesado en el tema. (El resto del universo no le da tanta pelota.) Ya no recuerdo si fue Austin o Ryle (creo que fue Austin) quien distinguió entre dos disciplinas: la semántica prescriptiva y la semántica descriptiva. La primera se ocupa de decirnos cómo debemos usar las palabras. La última, cómo de hecho las usamos. Lo que sigue son algunos despropósitos afincados en el último ámbito.

1-Estamos más dispuestos a emplear el sustantivo “la izquierda” y el predicado “es de izquierda” fuera del propio terruño que dentro de él. Al informarnos acerca de la situación política de otros países –fuera de nuestra región, pero también dentro de ella-, una de las primeras cosas que hacemos es tratar de identificar los sectores idiosincrásicamente conservadores, y distinguirlos de lo que, de momento, llamaré “el resto”. Un segundo movimiento –que suele solaparse temporalmente con el anterior- es tratar de localizar los representantes locales con alguna posibilidad de ejercer el poder, que tengan como objetivo más o menos reconocible: la mejora de la educación y de la salud pública, el aumento del nivel de empleo, la disminución de la pobreza y la indigencia, el acortamiento de la brecha de ingresos y recursos, la mejora de las situación laboral (reducción de la jornada laboral, vacaciones, y demás), la instauración de algo así como un ingreso mínimo universal, la mejora de las condiciones generales de vida. A ese grupo lo etiquetamos con el mote de “izquierda” –o, al menos, de “más de izquierda”. Una vez que acercamos la lupa, comprobamos lo heterogéneo del colectivo. Los hay marxistas y los hay que no. Los hay fervientemente democráticos y los hay que creen que “eso no es una democracia real”. Los hay dispuestos a pactar con sectores fuera de este espectro y los hay que consideran que todo eso es una aberración, una traición y una agachada. A poco de andar, descartamos la etiqueta de “izquierda” por algunas otras más elaboradas, que tomen en consideración factores culturales que a primera vista pasaban desapercibidos. Eventualmente, si persistimos en el estudio del tema, nos negaremos a toda aplicación de nombres no acompañada por sus correspondientes comillas. Tres conclusiones apresuradas, entonces: (i) la aplicación del vocablo “izquierda” es favorecida por la distancia, (ii) la aplicación del vocablo “izquierda” es favorecida por la ignorancia, (iii) la aplicación del vocablo “izquierda” fuera del propio terruño es aplicada sin sonrojarse –y primariamente- a grupos con posibilidad seria de ejercer el poder. Una conclusión adicional: “izquierda”, tal como parece indicar el giro “más de izquierda”, también puede usarse, y se usa, de modo comparativo. Acaso se requiera que el término de la comparación al que señalamos como “más de izquierda” que el otro tenga alguna de las notas básicas que distinguí anteriormente –pero no parece que habitualmente se exija que las tenga mayoritariamente, mucho menos que las abrace in toto.

2-Al momento de pensar como transpolar el uso de la expresión en cuestión (i.e., “izquierda”) al ámbito local, la cosa es más peliaguda. El por qué de este fenómeno es algo que se me escapa. Pero he aquí algunas presunciones al respecto:
La información acerca de “lo que pasa acá” es más amplia. El espectro de sectores considerados, también. Cuando hablamos de otros lugares, identificar como de izquierda al grupo 1, es en parte distinguirlo en el sentido obvio del grupo 2. No vemos más que esos dos grupos, y ambos son nutridos. Al referirnos al ámbito local, la clase de referencia de grupos a considerar tiene mucho más que dos elementos. Tildar a este o aquél sector como “de izquierda” puede parecernos incorrecto, cuando están aquellos otros que parecen ser “mucho más de izquierda”. Además, nadie quiere ser reductivo. ¿Por qué decir que “x es de izquierda”, cuando se puede dar un informe mucho más detallado al respecto? Lo que sirve para una primera mirada aproximativa puede ser inútil una vez que ya estamos entre las cosas.
Por último: nosotros somos especiales. Argentina es un lugar único e irrepetible. “Izquierda” y “Derecha” sirven para todo el mundo, menos-para-acá. Somos diferentes: aceptémoslo. No somos como nadie más.
… o al menos eso nos gusta creer…

3-¿Qué es ser “progresista”? Es ser de “centroizquierda”. Algunos podrán atajarse, pero creo que eso es todo lo que hay –primariamente- detrás de estas palabras. Todavía “centroizquierda” parece cargar con algún contenido descriptivo. “Progresista” ya no. Pero la reticencia de los progresistas –los que se mueren de vergüenza al definirse como así y los que no- a asumirse como tales podría, precisamente, residir en la incomodidad con esa descripción (indefinida) asociada que alguna vez tuvo –la de ‘favorecer el progreso’ o algo así, donde ‘progreso’ resuena a futuro mítico, a paraíso encontrado tras ardua y rigurosa búsqueda. Resuena a viejo. Resuena a ingenuo. Y nadie quiere ser ingenuo. Acaso convenga dar con otra expresión. Pero la instalación de sentidos en el ámbito público no tiene lugar de la noche a la mañana. Mientras tanto, ¿qué? Les propongo, progresistas amigos, dejar de lado la vergüenza. Les propongo tratar de no sentirse ofendidos y humillados por los revolucionarios que nos tachan de reformistas tibios y cobardes: es lo que somos. Y tenemos buenas razones para serlo. Las revoluciones terminan, usualmente, en dictaduras. En gran medida, de derecha –y con nuevas cotas en la concentración del ingreso y empobrecimiento de la población.
Lo único seguro, en estos casos, son los litros de sangre derramada.

4-Con “derecha” no tenemos tantos remilgos. Todos son de derecha: desde Hitler hasta John Locke. Ahí no nos ponemos tan finos –ni nos acusamos mutuamente de usar mal las palabras. ¿Por qué será? Hipótesis apresurada 27: porque “derecha” tiene, entre nosotros, como utilidad primaria, identificar “al otro” (políticamente hablando). Pero, ¿en serio queremos meter a Hitler y a Locke en la misma bolsa? ¿Hacemos bien?

Matías Pailos

Etiquetas:

29 junio, 2009

Aquí, el presente

Perdimos. Perdimos como en la guerra. En medio de un trabajo aburridísimo, mientras miro el cielo cubierto y gris como si me asomara al paisaje de la premonición abro un doc. y escribo. No tengo nada para decir salvo mi malestar. Hay paliativos, ya sé: que la política no se limita al resultado de una elección, que la democracia se construye día a día, que el ejercicio del poder desgasta, que toda acción genera su lógica reacción, que los Kirchner nunca tuvieron la habilidad para construir alianzas estratégicas, que se refugiaron en los intendentes brutus del conurbano, que la 125 estaba tan llena de buenas intenciones en su formulación como de vicios en su intento de ser llevada a la práctica. Sí, ya sé, ya sé, pero la verdad es que hoy, por lo menos hoy, no me puedo sustraer a este dato: VUELVE LA DERECHA, HERMANO. Y vuelve de la mano de lo peor, ni siquiera te la ponen maquillada, ni siquiera una coalición que proponga civismo y buen gobierno. GANÓ UN INVENTO DE LOS MEDIOS. Un tipo cuya única propuesta fue reproducir lo que decía su imitador de la tele, un simulacro de un simulacro. Si Pino, todo bien con tus ideas tan limpias y prolijitas desde la cómoda butaca de la oposición y la imposibilidad de ser poder para aplicarlas, si, muy bien Sabatella, que ya se perfila como alternativa para tratar de sacarnos del desmadre al que nos llevará la derecha en la próxima década. Pero la verdad es que veo la caída de un gobierno que procuró no apretar la soga por la parte más delgada, que por una vez intentó jugarla contra (algunos, al menos) grupos de poder. Un gobierno que tiene como enemigos jurados a la Sociedad Rural y el Grupo Clarín no puede ser tan malo ¿no? Igual todavía no sé si pecó de soberbio, como dicen muchos, o de tímido, por no jugarse más a fondo. Me da la impresión de que en la 125 se libró en la cancha esa batalla por la redistribución que los gran DT de la izquierda siempre dibujan en la servilleta de los bares. Qué quieren que les diga, me da por las pelotas la derrota del Frente para la Victoria. Da la impresión que Argentina, salvo cuando las papas queman, es de derecha o utópicoprogresista al pedo. Tal vez yo tenga una visión totalmente distorsionada de la realidad, tal vez peque de ingenuo, como me acusó un amigo, pero me da la impresión que esta elección señala la derrota de uno de los pocos proyectos transformadores que yo vi en mi vida en este país. Con todos sus vicios y sus errores, trató de fortalecer al Estado, impulsó políticas redistributivas, alentó la producción y el trabajo por sobre la timba de la patria financiera. Cometió miles de errores, pero tiraba para el lado que yo quiero que tire el gobierno en mi país, y como dice un tipo por ahí, “hay que bancarse ser oficialista”. Chau redistribucion, chau ley de radiodifusión democrática y antimonopólica, chau apelación a las bases, chau lucha por el salario, chau jubilación digna, chau. Hola prebendas, hola lobby, hola FMI, hola ajuste, hola enfriamiento de la economía, hola caída del salario real, hola miseria, hola desalojo, hola, hola, hola. Hubo un tiempo en que fui tímido, que fui un boludo de verdad. Ya no me callo, le discuto a cualquiera. Soy kichnerista y me la banco y hoy me hago cargo de la derrota y de mi malestar y los narcolorados inventados por el marketing mediático, los cívicos bienpensantes, los utópicoprogresitas que nunca se ensucian las manos y la clase media fascista, especialmente mi querida clase media fascista que se vayan todos a la reputamadre que los remil parió.

Ariel Idez

28 junio, 2009

Más razones por las que un lector de este blog debería escuchar a Sonic Youth

Thurston Moore, cantante y guitarrista de Sonic Youth, en declaraciones publicadas en "Los Inrockuptibles" (año 13, nro. 136, Junio de 2009, $11.90):

-... El que acabo de terminar es "Los detectives salvajes", de Roberto Bolaño, un libro extraño y fascinante. Tengo también "2666", que quiero leer pronto, me despierta mucha curiosidad. Y acabo de leer un libro de un escritor argentino sobre un grupo de personas que acampa en un edificio en construcción, y hay fantasmas en el edificio. Su nombre es... mmhh, a ver cómo se pronuncia esto... César Aira.

Etiquetas: ,

23 junio, 2009

"El Pendejo", capítulo 5, página 24

(1) Florencia. Mi compañerita de trabajo. Chica del interior, sola en Bs As. Me enamoré a la tercera o cuarta vez que la vi. Estaba, sin embargo, convencido de que jamás lograría nada. Porque ella, eso creía, también estaba fuera de mi liga, y en una divisional superior. (No recuerdo cuándo erradiqué esta metáfora de mis devaneos. No recuerdo haberlo hecho, tampoco.) Yo entré; ella ya estaba. Portaba un culo como pocos, enmarcado en pantalones de vestir ceñidos a una figura, por lo demás, flaca. Salvo la cara. Tenía una cara lunar. Tenía una nariz larguísima. Tenía unos ojos redondos e inquietos. Ojos curiosos e indefensos. Tenía ojos, boca, mejillas para comer a besos. Tenía lo que debía tener para despertar en mí ese monstruo del pasado que siente como su deber proteger ninfas que no piden ser protegidas. Menos aún ser catalogadas como ninfas. Entonces, como les decía, tal como les informaba: me enamoré. Pesimista enrolado en las filas pesimistas del pesimismo, sentencié: “nunca te la vas a levanta”. Pero proseguí. “Si lo hacés, no vas a pasar del primer beso”. Continué: “si pasás, nunca va a aceptar otra cita”. Prolongué: “nunca te la vas a coger, nunca te vas a poner de novio con ella, nunca te va a ser fiel”. Con ese espíritu no encaré la situación. Digo: mi actitud fue: la de no-encare. Así que un viernes en el que, como cualquier viernes, nada tenía que hacer, escuché que ella manifestaba las ganas de concurrir a un festival público en los bosques de Palermo, donde tocaba una banda de nombre irreproducible. Me ofrecí a acompañarla. Sin segundas intenciones. Sin intenciones concientes. (Las únicas que existen… ¿no?) Finalizamos la jornada laboral. Nos cambiamos en el local y partimos hacia los bosques. Yo, entonces, jamás sonreía. Entonces: no sonreí. Hablé hasta por los codos. Hasta me peleé con ella -en el plano teórico. No llevaba, entonces, ninguna ofensa ni disputa al terreno personal. Estaba convencido de que eso era lo que hacía. Así de estúpido era. Acarreaba esas jactancias y esos errores. No era mal pibe. Llegamos. Vemos, de lejos, el recital. Noto, de modo cada vez más patente, su entusiasmo, su desborde. Noto el cese de sus resistencias. Palpo su comunión con el recital, con el aire libre, con la noche en compañía de un extraño en una ciudad ajena e inabarcable. Noto mis nervios. ¿De qué tengo nervios? Reafirmo: esta mujer me es inalcanzable. Cada vez y cada vez más, más y más nervioso. ¿De qué, de qué, Dios, de qué? El corolario, el final: una estampida. Ella se tuerce el pie o le quiebran la uña. Dolor. Incomodidad. Quiebre del idilio. No quiebre de la complicidad. Vamos a tomar un café. Un café: el alcohol en ese entonces también me era ajeno. (Años más tarde, una compañera de Facultad me tildará de ‘hermanito menor pasteurizado’.) La conversación se extiende. Veo, noto, palpo el titilar de sus ojos. Un rayo atraviesa mi pecho, un retumbar estremece mi aura. ¿De qué, por Dios, de qué por Dios estoy nervioso? Ella no. Ella está más allá. Lo sé. Me lo digo. Lo sé. Me lo digo. ¿De qué? Es tarde. Es tardísimo. La acompaño a la puerta de su casa: la pensión. ¿De qué, de qué estoy más y más nervioso? Ella se detiene. Yo zanjo todo posible inconveniente: la beso en la mejilla y sentencio: hasta el lunes. Me voy. Otro sentimiento crece: soy un pelotudo. Comento, hablo, expongo mi caso ante mis amigos. Ante Pedro, ante Darío, ante Damián. Ellos, duchos para los casos ajenos, fallan: soy un pelotudo. El lunes, con todos los nervios acumulados y temblores desconocidos (como los adquiridos la primera vez que se realiza una actividad física luego de años de molicie), le hablo. Hola. El mundo se desploma. El mundo se restablece a continuación. Hola, dice ella. Al mediodía, me le acerco. Hablo. Doy rodeos. Finalmente, digo lo que quiero (en el fondo, en el frente, en todos lados) decir: salgamos. Por supuesto que no digo: salgamos. Era, entonces, todavía más idiota de lo que soy ahora. Muchísimo muchísimo más ignorante. Creía (y no puedo evitar la aclaración: qué estúpido, qué idiota) que la mujer era un elemento frágil. Qué idiota. Así que no podía ser tan directo. Qué imbécil. La invité al cine, el miércoles. Ella farfulló una cosa así como que no podía prever lo que podía hacer de ahí al miércoles. Yo: rojo de vergüenza. Rectifico: internamente rojo de vergüenza. Y arrepentimiento. Y culpa. (¿De qué, Dios, de qué, pregunto hoy, desde mi yo esclarecido? De haber osado invitarla, de haberme atrevido a pensar en que cabía siquiera una recóndita posibilidad de que aceptara.) Asentí. Retuve, contuve y aferré la íntima, falsa certeza. Ella está más allá. Me retiro. Me pierdo entre anaqueles, estanterías, clientes. Me disuelvo entre libros. Apenas la miro. Apenas recuerdo haber tenido en mente invitarla. Solo queda la culpa y el amor. Porque ya la amo. Porque la amo desde la tercera o cuarta vez que la vi. Mi horario finaliza. Saludo a todos y me pierdo en la ciudad. Sí: ella no está cómoda conmigo. No debí haberla invitado. Martes. Martes, horario de comida. Como aparte. Ella me mira. Yo sé que me desprecia. Peor: sé que doy lástima. Mi horario de trabajo toca a su fin y busco perderme en la ciudad y en fondo del libro que estoy leyendo y en el que olvido todo mi presente y país: Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Me voy. Pará, escucho. Ella. Sigue en pie la oferta, pregunta. Qué, pregunto. La oferta. La invitación. Qué. El cine. Sí. Bueno. Bueno. Acepto. Ah. Fantástico. Mañana. Mañana. Me pierdo en la ciudad. No puedo leer. Soy inmensamente feliz. Estoy inmensamente nervioso. Paso el miércoles en babia. Termina nuestro horario. Ella no quiere que nadie se entere, así que nos encontramos directamente en el cine. No recuerdo la película. No quiero recordar ningún detalle, y miento en este preciso instante, cual Epiménides. La película y mi manojo de nervios. Mi manojo de nervios y el café posterior. La charla eterna, íntima. La complicidad que persiste, que se ahonda. Otra vez. Una más. La caminata hacia su pensión, y: en esta esquina la beso. No no: no es el momento. No es El momento. El único existente. Siento que solo hay un momento, una oportunidad. Todo o nada. Poco y nada cuentan en el Federico de entonces las mil y una pistas e indicios a mi favor. Ella está más allá. Ella sigue siendo inalcanzable, aunque el milagro parece posible. Qué pena que fuera tan descreído. La acompaño, sigo, en esta esquina… en esta otra… en esta otra… en esta calle… en esta, que ya llegamos… acá, acá, vamos, acá… llegamos. Ella se detiene. Sube al primer escalón. Qué alta que es. Sonríe. Ríe. Ríe de más. No. Ya no. Si lo tuve, ya no. Ya no, pero sigo conversando. Me acerco, pero no. Vamos, sigo hablando, me acerco, ¡No!, me alejo. Silencio. Bueno. Ella dice: bueno. Yo: nada. Chau, y la que habla es ella. Gira, mete la llave, se pierde en el interior. Pelotudo, y cobarde, y poca y poquísima cosa, y nunca nada jamás probaré los restos de las migajas del amor. Por mi culpa. Por mi sola culpa, a pesar de ser menos que nada. Esto no explica cómo es que, una semana más tarde, la volví a invitar a salir. Menos aún, por qué aceptó. Otro recital. Los recitales manaban cual bebedero desaforado. ¿Dónde? En el Centro. En un lugar que ya no existe. Toca: Peligrosos Gorriones. Me caen bien -no soy fanático. Nervios por millones, y una decisión atorada en mi boca que pugna por salir. De repente lo siento: es inevitable. Voy a hacer cagadas, pero es inevitable: voy a hacer. Lo que no hice ayer, hoy voy a hacerlo mal. Y lo voy a hacer. Las pulsaciones son tantas y tan descarriadas como las salidas anteriores, pero ahora la perspectiva es diferente: ya no me atornillan al suelo. Ahora se amotinan bajo mis pies. Ahora me amotinan bajo mis pies, pero mi corazón, y solo mi corazón, está arriba, corriendo ineluctablemente al error. Los Gorriones empezaron hace rato, y de sopetón: una pausa. Es. Es. Ahora. Es. Y Es: Florencia, digo. ¿Sí?, dice. Me encantás. Muero por vos. Y, Florencia. ¿Sí? Voy a besarte. Tiemblo. Se me nota. Se me nota muchísimo. Avanzo. Solo con la cara, avanzo. Apunto a su boca, y: fuego fatuo. Allí donde instantes ha se manifestara una boca, ahora lo hace una mejilla. Fallo. Todo bien, sonrío. ¿Vos?, pregunto. Bien, y percibo la tensión. Hay un costado muy agradable y un costado muy desagradable combatiendo en su interior, turnándose en el ejercicio del poder, incluso manteniendo aberrantes instancias de cogobierno. Sufre y goza. Yo solo percibo tensión. Solo veo fracaso. Estoy desbocado, estoy corriendo a la velocidad del sonido y con el corazón roto. Estoy hecho trizas, y tomo, por primera vez en meses, una cerveza. Estoy fuera de mí. Comienzo a hablar. Le digo que es hermosa. Le digo, le digo, le digo… una barbaridad. Le digo que sé que yo también le gusto. Le digo que sé que quiere que la bese. La tomo del brazo. Se zafa. Funde a negro: vuelve la banda. Clavo la vista en el escenario, y no la remuevo hasta que terminan. Hablo con ella. Hablo de más. Digo lo que no hay que decir, la piropeo, estoy desbocado. Estoy algo borracho. El show termina; la miro. Desclavo los ojos del escenario y los clavo en los suyos y me pierdo. Se pone colorada, desvía la mirada. Vamos, pregunta. Vamos, accedo. Vamos a caminar: no mejor no. Dale…: no. Me voy a casa. Te acompaño: … okey. En el camino, se derrumba la fachada. El coraje se desvanece con la sobriedad. Cito nuevamente al poeta: sobrio no te puedo ni hablar. No podía. No la miraba porque temía perder los estribos, porque no quería dejar escapar el fantasma de mi última esperanza. Así, llegamos a la pensión. Espera, en silencio. ¿Por qué? ¿Por qué ahora, ahora que no tengo coraje, ahora que vuelvo a comprender que me sos inaccesible? Te odio. Ella sigue en silencio. Yo también. Algo, decir algo, decir algo como cualquier cosa. Nada. Algo, algo, como “cualquier cosa”. Silencio. Chau: doy uno, dos pasos y estoy a su altura. Apunto y: ella ya no está. No me dio tiempo. Entra sin besarme.
Una semana después se cumplen tres meses de trabajo, el fin del período de prueba. Se reinician las clases. Comunico mi voluntad de no continuar. Alego un cambio de prioridades, una apuesta definitiva al estudio. Casi no le hablo en toda la semana. El último día me despido con un beso.
En la mejilla.

Matías Pailos

Etiquetas:

19 junio, 2009

Sobre una ironía (no únicamente) porteña

1. Es una pequeña burla que Buenos Aires sea la capital del libro de 2011 según la Unesco, y que la cámara del libro de esa ciudad esté tan empeñada en hundir la difusión de textos y autores —querámoslo o no— importantísimos para la última centuria. Así, Horacio Potel [1], abrió los textos de Nietzsche, Heidegger y Derrida desde 1999, y a principios de este año la Cámara del Libro argentina ha puesto una demanda en su contra, contra su sitio y la difusión de tales ideas. Con poco que hacer antes de la resolución judicial, Potel desmanteló sus sitios excepto el de Nietzsche, porque ya se contaban más de 70 años desde su muerte, ergo, los cerdos ya no podían sacarle más dinero apelando a sus dizque derechos de autor. Cosa que no ocurrió con Derrida, motivo por el que la embajada francesa inició los procesos contra tales sitios. Parece que el poder no se la puede con las células que se mueven contra corriente. Hay manchas que no pueden ser removidas sin que la tela se rasgue. Demostración dolorosa de que el sistema (socio/político/económico) no se la puede con la individualidad más que incorporándola como ‘diversidad’ por medio de la operación de la tolerancia, y nunca como diferencia real y activa por parte de sus usuarios. Aún la industria del entretenimiento no le toma el peso corporativamente a las formas nacientes de intercambio de datos. Aún no se hacen preguntas fundamentales sobre el lugar que sus productos tienen entre sus consumidores, ni mucho menos sobre el lugar que han contribuido a crear en sus décadas de trabajo febril. Quizás únicamente haya que mencionar que en el juicio en Suecia contra el sitio The Pirate Bay, los abogados de las multinacionales del disco y cine, no pudieron (ni supieron) explicar el método por el cual ese sitio permitía la descarga gratuita de contenido protegido por el riguroso copyright.

2. ¿Qué presupone el autor en tanto creador? ¿Supone, de antemano, una negación al uso libre de tales contenidos? Digo, ¿qué limitantes tengo al usufructuar (no económicamente) de los términos definidos en mi Larousse? ¿Habré de pagar tributo sólo en el caso en que utilice esos contenidos con un beneficio económico posterior y premeditado? Pero también: ¿qué importa la apertura y publicación en la web de esos textos? Es seguro que todo estudiante de filosofía (y humanidades) de Latinoamérica pasó alguna vez por las páginas de Potel, cuando el libro estaba pedido en su biblioteca, cuando estaba apurado en un ensayo, cuando necesitaba una cita. Y en esto, quizás el origen mismo del problema: la materialidad que defiende la Cámara. Los mismos objetos defendidos con anterioridad, cuando la policía ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en busca de los desalmados estudiantes lectores de fotocopias. Podrían estar allí los guardianes de las editoriales, cuando algún siútico pasado de copas intenta llevar a la cama a alguna ingenua lolita citándole a Foucault, sin que ella lo sepa…

3. ¿Y dónde está la diferencia cualitativa entre 15, 30 ó 70 años (o nada) para que el dominio público se pueda beneficiar de una obra? Por lo pronto ni siquiera se tiene muy claro qué sea tal ‘dominio’, porque tenerlo claro implicaría saber también qué límites y posibilidades tendría: la discusión que ninguna Cámara de Empresarios del Libro (ni del Disco ni del Cine) dará es aquella que pregunta por la necesidad a que tales obras tiendan a la apertura social, al beneficio mutuo: en la misma medida en que siendo productos culturales, no pudieron haber sido creadas por un eremita mítico.

4. El meollo se ha centrado en la utilidad que la sociedad toda puede sacar de las obras. El artista —básico, predecible y aliado con sus patrones— supone que siempre y en todo contexto ha de ser pagado con metálico la utilización de sus obras. Pero que se jodan si quieren que les pague un penique porque subo un vídeo de una fiesta familiar a Youtube, donde accidentalmente por el fondo se escucha un tema con copyright (como ha ocurrido en España); o que venga un editor a exigirme compensaciones por la lectura pública que hace Gernández de Houellebecq (grabación que sí existe) [2].

5. De partida ignoran los dueños de la cultura, que la circulación libre de contenidos ha sido un motor importantísimo del desarrollo de sus propios negocios, como antecedente histórico y germen de combinaciones y discusiones siempre saludables. Pero da lo mismo que lo sepan. En el fondo tampoco importa mucho que sus negocios se vengan abajo, porque si lo hacen será únicamente por tacañería y porfía intelectual, puesto que para nadie es secreto que el modelo de negocios de las disqueras (por lo pronto) ha de cambiar radicalmente so pena de extinguirse rápidamente: los grandes beneficios no vienen por la venta de los objetos-discos, sino por las entradas a conciertos; la descarga digital de música no atentará contra los artistas, pero sí contra las máquinas corporativas que les soportaban en la antigüedad (10 años atrás solamente).

6. La cochina obsesión capitalista por las cosas como ob-jetos que dan personalidad. Por eso quizás la Argentina (ni el resto del mundo) no sobrevive a la visión de todos los libros de Aira que propone Idez. Porque tener el libro-en-sí nunca será lo mismo que las fotocopias ajadas o incluso anilladas y con tapitas plásticas, en la medida que no se siente como un libro, ni con su peso ni con su textura. De ahí que sea un signo de los tiempos que una vez lanzado el lector de libros digitales Kindle (de Amazon) aparecieran productos accesorios muy peculiares: un spray que promete darle el olor de los libros reales a la máquina portátil…

7. Idiotez máxima del empresariado global: nada superará nunca el olor ni el peso de un libro, del fetiche intelectualoide por ese objeto puesto en la repisa. Ningún emepetrés mantendrá a raya una obsesión melómana. No por bajarme un jpg de Rembrandt seré objeto de encarcelamiento. Ni acepto —digan lo que digan—, que por duplicar una película estoy a la altura de un empresario promedio o un desmantelador de autos.

8. Fin del “autor” como desfase de la idea de “autoría”. Desfase entre la idea de autoría como propiedad. Separación que habrá de llevar al autor al evidente provecho por su trabajo, pero también al resto, a aprovecharlo libremente bajo las condiciones que el autor inteligente dicte: básicamente, divulgación perpetua entre distintos formatos de almacenamiento y tipos de presentación; reconocimiento de la autoría en tanto firma, e imposibilidad de utilización para fines de lucro. O ya de plano, la donación total de la obra creada, sin límite alguno a su utilización: la licencia Creative Commons Zero.

9. ¿Y si ya no se pudiese celebrar un gol como lo hacía Marcelo Salas? El colmo representado por los abogados de Los Simpsons, impidiendo que el abuelo Abe «cante bajo la lluvia» por los derechos implicados.

Rodrigo Salgado Boza

Notas
[1] [http://www.nietzscheana.com.ar/]
[2] [http://www.youtube.com/watch?v=iAZD2FriGQw]

Etiquetas:

16 junio, 2009

Películas de aventuras

Terminador 4 termina así: la Humanidad se salva. El padre de John Connor, un adolescente veinte años menor que Connor, se salva, rescatado por el propio Connor de la ciudad de las máquinas. Así, el propio John Connor se salva, pues va a poder despachar al pasado remoto a su padre para que se curta a su madre para que de a luz al salvador: John Connor. Las chicas se salvan. Incluso se salva la chica del protagonista de la entrega, ex-convicto reconvertido, varios años después de haber muerto, en una mezcla de máquina y humano. En verdad, lo único de humano que tiene es el corazón, que dona voluntariamente, en los últimos cinco minutos de película, a quien lo había expulsado de la comunidad de humanos: John Connor. Así prueba su “humanidad” esencial, además de pagar –una vez más: voluntariamente- su deuda –moral- con la sociedad. Y todos contentos.
Ya lo saben. Ahora no se les ocurra ir.

Lo mejor de las críticas malas es cuando lo son en estado puro. Es decir: cuando no solo son arteras, sino además desatinadas. En este caso, las críticas malas señalaron que no estaba a la altura de “Superbad” [incomprensiblemente, “Supercool” para el mercado local; “incomprensiblemente” hasta que uno descubre que la recuerda bajo esta etiqueta, y no por su nombre original], “Virgen a los 40”, “Ligeramente embarazada” o cualquiera de las otras películas de la escudería Apatow de la nueva nueva nueva comedia americana. Pero sí lo está. Porque no importa –nunca importó- que “Adverntureland” no esté plagada de los gags escatológicos o las situaciones incomodísimas que puntuaban “Superbad”. No es eso, no habla de eso, no nos gusta por eso y ese no es el material del que está hecho este sueño.
Para explicar el significado de los giros modales (expresiones como ‘necesariamente’, ‘es posible’ o ‘es probable’), los lógicos utilizan semánticas de mundos posibles: colecciones de historias en las que pasan las más diversas cosas (posibles). Un modo de plantear este escenario es centrando la escena en un mundo: el nuestro. El resto de los mundos se ordenará por el grado y tipo de semejanza con este mundo elegido para reinar. Greg Mottola, director de “Superbad” y “Adventureland”, opera con sus personajes como un lógico con los mundos posibles. Partimos de acá, dice Mottola, de nosotros. De lo que sabemos y vivimos. Esto que ven acá es un nerd. Es fácil reconocerlo: pongan un espejo delante de sus caripelas, y abran los ojos. Bueno; este es un nerd virgen de… 21 años, más o menos. Acaba de volver a casa con un grado en Literatura Comparada, o algo parecido, pero ya se sabe: un grado, allá, no es mucho. Hay que volver a NYC para el posgrado. Bien. Ahí lo agarramos. Ahí empieza la acción. Ahí empieza la caída.
Social, de clase, monetaria. Los padres (adorable el incipiente alcoholismo descontrolado del padre) ya no pueden bancarlo. Chau viaje de verano a Europa (regalo de graduación), chau posgrado de arriba. Para una y otra cosa va a haber que laburar. Experiencia: ¿qué? Así que lo que consigue es un trabajo no calificado y pésimamente remunerado en un parque de diversiones. Ahí conoce a la chica. Ahí se enamora.
Ahí empiezan los problemas.
Cortamos la diégesis de la diégesis acá. (I.e., algo así como “el relato del relato”; recuerden que están leyendo a un tipo que, además de nerd, es snob. Y otra cosa que le va a gustar al nerd snob melómano rockero es la banda de sonido. Claro que hay música insoportable de los ’80 –en particular la particularmente insoportable “Rock me Amadeus”, de Falco. Es tan insoportable que hasta se interrumpe la película solo para decirlo. Pero eso no es lo se escucha. Lo que se escucha -además de la maravilla springteeneana y electrificada de los Replacements y Husker Du- es lo que escucha un nerd melómano rockero de los ochenta: música de los setenta. Y así desfilan los New York Dolls, Eno, Big Star, y el Rey de Reyes –sobre el que se diserta a raudales: Lou Reed). Los cambios están en el protagonista, en los antagonistas, en personajes del pasado y del presente; los cambios están en todos lados. Hay turros, idiotas, gente que hace lo que puede y gente que no comparte tus códigos. Gente con la que no se puede hablar. Hay objetos de deseo y objetos de deseo que te encuentran deseable. Esto no le cae bien a todo el mundo, y con todo el mundo hay que lidiar.
“Adventureland” tiene todo lo que uno pide de una película -cuando no se quiere tragedia ni otros mundos, posibles o no. Es una película tierna, divertida, emotiva. Es una película con sexo, amor y mucho porro, en todas sus formas. “Adventureland” es una película moral. Moral: qué se debe hacer –y qué no. Moral: qué conviene hacer –y cómo no irse al barro. Contra lo que parece deseable, los personajes crecen. Y uno, mientras se termina de ajustar la cara después de reconocerse por décima vez en pantalla, se pone a llorar de felicidad.

Matías Pailos

Etiquetas:

12 junio, 2009

El Artista

Más allá de sus desaciertos, El artista (Mariano Cohn, Gastón Duprat), merece ser vista, aunque más no sea porque pone en pantalla a dos de los más grandes escritores argentinos del siglo pasado: Rodolfo Fogwill y Alberto Laiseca.
Tratándose de Cohn y Duprat, dos tipos que han hecho cosas más que interesantes en la televisión sin caer en propuestas elitistas, era de esperar un poco más de riesgo en un film de ficción, pero lamentablemente la película recae en mucha de las taras del Nuevo Cine Argentino, el enfermero compuesto por Sérgio Pángaro (histriónico crooner local) sufre de esa insoportable abulia que aqueja a casi todos los personajes cinematográficos del NCA (En los festivales cinematográficos del lejano oriente los espectadores deben pensar que a los argentinos el Prozac nos lo regalan por la calle). Todo lo que le pasa, le pasa por un costado, como si fuera el espectador de una película que ni siquiera le gusta demasiado. Muchachos, ya sabemos que las sobreactuaciones del tano Ranni y las puteadas a voz en cuello de Federico Luppi no nos llevaron por buen camino, pero ¿No irá siendo hora de aflojar un poco con tanto autismo? Por otro lado la narración es completamente chata, apenas se insinúa un conflicto (como el “bloqueo” de Romano, los riesgos de la fama inesperada o la relación de pareja entre un chanta y una grupie) es pronto resuelto o disuelto en un relato que nunca levanta vuelo. Encima, una de las mejores posibilidades narrativas (la amenaza de descubrir al “verdadero autor” de las obras de Jorge Ramírez) es completamente desechada y ni siquiera se juega con ella. El mundo del arte contemporáneo, esfera snob, caprichosa y elitista, es parodiada pero hasta ahí, con demasiado respeto para mi gusto y el final es forzado y parece agregado adrede para justificar la coproducción italiana.
La idea que motoriza la película se basa en el tópico del idiot savant: Romano, un enfermo mental (interpretado con maestría por Laiseca) que sólo puede articular el vocablo ¡Pucho! cada vez que quiere fumarse un cigarrillo (gran momento de la película) dibuja incansablemente en el asilo hasta que un enfermero se aviva y presenta la obra como si fuera suya. El hecho de que nunca se muestre un solo cuadro y las escenas en las que vemos a los espectadores opinando desde una toma subjetiva de la obra son un gran acierto narrativo y formal, en parte echado a perder por el afiche de promoción, que exhibe un dibujo y preforma en la mente del espectador una idea del estilo de Romano-Ramírez. No obstante, si la película acierta en algo, es justamente en una de sus fallas: al interrogarse acerca de qué es el arte (una pregunta demasiado grande tal vez) aporta una metáfora sobre la creación artística: todos los Jorge Ramírez tienen su Romano. Todos los que hemos incursionado en alguna faceta de la creación artística tenemos nuestro idiota, al igual que Romano, está recluido en los fondos de la casa, oculto a la vista en el cuarto de servicio, le damos de comer, lo vestimos y lo bañamos y sólo le pedimos a cambio que nos de la obra. Cada vez que nos sentamos y aferramos con torpeza la lapicera, el pincel, oprimimos con mano trémula las teclas del piano, del teclado, no hacemos otra cosa que divagar e implorarle al idiota para que se ponga manos a la obra. Ese instante en el que Pollock dejó chorrear el pincel sobre la tela en el piso, el día que Puig empezó a escuchar el monólogo de sus tías, son los momentos del idiota. Cada uno tiene el idiota que puede, pero si lo cuida y lo pone a laburar, seguro que va a dar algo que valga la pena. Después la gente pregunta el porqué de esto o aquello y uno puede ensayar teorías absurdas o decir, como en la película “que la obra hable por mí” pero en verdad lo que uno quisiera es ir y preguntarle directamente al idiota cómo hizo lo que hizo pero el idiota, como Laiseca en la película, está completamente mudo.
—¡Pucho!

Ariel Idez

Etiquetas:

08 junio, 2009

Continencia

Pasan de a uno, en fila. Zegna, Christian Dior, Hugo Boss. La mayoría usan Armanis negro o azul marino; algún gris Oxford. Él viste un Armani negro. La abrumadora mayoría de sus compañeros –unos veinte- son varones. El porcentaje de ejecutivos mujeres no se había alterado en la última década, a diferencia de lo ocurrido en compañías rivales. Ella –traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- se sienta a su lado. Buenas tardes, dice el CEO [i.e., “Chief Ejecutive Officer”] de la Empresa. Como saben, estamos reunidos para. Como pueden ver en la pantalla, las cifras de ventas del último trimestre muestra un claro descenso de, lo que supone una baja sustancial con respecto a los. Sus músculos se endurecen ligeramente. Gira ligeramente el cuello para, ligeramente, destrabar la ligera contractura. Mira veladamente a Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- y clava sus ojos en la pantalla. Como se anunció con anterioridad, se modificó el procedimiento para calcular las ventas correspondientes al con respecto a operaciones realizadas con grandes distribuidores. A fin de poder comparar correctamente los resultados obtenidos en con los de, es importante tener en cuenta que. Todo su cuerpo se inclinaba para dejar de inclinarse y empezar a abalanzarse sobre Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos. Toma una medida extrema: enfocarse en la pantalla, que había cambiado de configuración. El esfuerzo que esto le insume es tan desgarrador que no puede escuchar que los resultados publicados para incluyen 5,5 millones de dólares en venta de licencias que fueron asignados y recogidos en ese mismo periodo, pero que, de haberse mantenido el procedimiento anterior, habrían sido imputados a trimestres posteriores. Cuando comprende que no había escuchado nada de todo eso de lo que dependía su futuro profesional, toma otra medida extrema. Todos sus esfuerzos, ahora, se concentran en atender al discurso y a registrar, procesar y desarrollar la información proporcionada por el CEO de la Empresa, de pie ante la mesa en la que, hacia el fondo, se ubican él y Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos. Así, puede comprender perfectamente que los resultados publicados para, además, incluían 13 millones de dólares en venta de licencias derivadas de transacciones del canal de ventas procedentes de periodos anteriores, cuyo pago no había logrado todavía ser efectivizado en el primer trimestre de. Si la Empresa hubiera aplicado este cambio antes del primer trimestre de, los resultados reales habrían sido 136,8 millones de dólares en ventas totales y 61,3 millones en venta de licencias en el primer trimestre de. Ateniéndonos a esta circunstancia, el decrecimiento de la facturación total en el último año fue de un 26%, y el decrecimiento en la cifra de ventas de licencias desciende al 29%. Asiente. Había comprendido todo lo que el CEO de la Empresa había dicho. Frente a él, la cara de Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos-, que lo mira entre desconcertada y desafiante. Él, ahora, le da completamente la espalda al CEO de la Empresa, y la mira de frente a Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos-, a contracorriente de la mirada del resto de los ejecutivos, que ahora se desvian hacia él cual alfileres ante un imán. El CEO de la Empresa interrumpe su discurso justo cuando estaba diciendo que la descapitalización de la Empresa al, descendía a un total de 383,5 millones de dólares, con una baja de 66,7 millones sobre el balance presentado al 31 de diciembre de. Solo cuando el CEO de la Empresa finaliza la interrupción de su discurso con un sonoro ¡¿Qué pasa?!, él reacciona, como la pierna ante un certero golpe médico en la rodilla. El escupitajo –amplio, denso, lluvioso, verde y adrede- sale de su boca con labios con terminación “en trompita”, atraviesa a una velocidad de 60 a 70 km/h los 25 a 35 centímetros que separan la cara de él de la de Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- y, sin dar tiempo a que el movimiento de retroceso de ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- tuviera la eficacia buscada, se adentra en el ojo izquierdo –en pleno proceso de entrecerrado. Los párpados se apretujan. Cuando empiezan a abrirse, el acto ha sido consumado. Las manos en la cara corren el rouge, desparramado en un arco descendente que termina en el maxilar. La boca entreabierta y oblonga, los labios dándose pánico el uno al otro, huyendo en direcciones opuestas –el superior a la derecha, el inferior a la izquierda. Los pómulos miran al cielo, presionando y limitando la apertura ocular. Una línea corta y profunda como un hachazo experto de un micro-enano encaramado a la nariz parte en dos el ceño. El cuello se contorsiona, como si fuera la única parte de su cuerpo que quisiera alejarse del escupidor o del escupitajo. El CEO de la Empresa cambia rápidamente de expresión, y se petrifica en un punto medio entre la sorpresa y la indignación. La cara da dos pasos delante del cuerpo. Tomada por sorpresa y de todo punto desprevenida, la boca queda plenamente abierta. La saliva se acumula bajo la lengua. Después, sobre la lengua. Un hilo fino y continuo cae desde la hendidura central del labio hasta la carpeta con cartas de renuncia sin firmar. Las aletas de la nariz se expanden hasta adquirir el tamaño de una pera a punto de madurar. La frente, el ceño y las arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”) se agudizan y sobresalen. La vista que se fija en el CEO de la Empresa, se fija en su frente, ceño y arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”), como si hubiera en las proximidades carteles con flechas indicativas señalando su frente, ceño y arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”). Lo haría, al menos, si el rostro del CEO de la Empresa no estuviera congestionado y recubierto de una gruesa pátina rojiza que lo convierte en un personaje de cómic. Todo él tiende hacia el escupidor, que ahora se petrifica en su asiento como si fuera una imagen congelada en el microsegundo o microsegundos en que comprende que el escupitajo había impactado en el ojo de la rubia de traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo, alta y esbelta y de labios rojos. Como si nada hubiera pasado desde entonces. Su palidez es extrema, casi más allá de lo creíble. Las grietas que surcan los pómulos se expanden, y ahora son líneas que parten de la frente y terminan debajo de la camisa, que abandonan las dos dimensiones y ganan la tercera. Se abren. Se expanden. Ahora son lonjas de un verde oscurísimo que hacen de su cara un código de barras. Las franjas de piel traslúcida se vuelven crocantes. Se despegan y flotan, ligadas a la cara por finas hebras a punto de romperse. Las pupilas son tiras verticales. Ninguno de los ojos parece atender al otro a la hora de moverse. El derecho se fija en la rubia; el izquierdo da vuelta hasta clavarse en la imagen todavía roja pero ya no iracunda del CEO. La lengua bífida parece estar conectada con el ojo derecho. Al menos sale en la misma dirección, hacia el escupitajo en el ojo de la rubia.

Matías Pailos

Etiquetas:

04 junio, 2009

Cuando Sergio es un Bizzio

A despecho de la receta que prescribe Tabarovsky en su literatura de izquierda (ser más airista que Aira) Sergio Bizzio parece haber encontrado su tono en la estrategia opuesta: conserva la pulsión por narrar del Gran César pero encara el asunto por debajo de los fuegos de artificio creativos, extirpando la dosis de delirio como petición de principios creativa. Circunscribiéndose, como en un soneto, a las reglas que dicta el verosímil de un vertiginoso realismo, las novelas de Bizzio de un tiempo a esta parte son increíbles sin dejar de ser plausibles, su absurdo, si existe, no es más que un realismo de anticipación, ahora como para dejar las cosas del todo claras el autor titula a su último opus con un nombre frío, ascético y estremecedor: Realidad.

En Realidad, como en Rabia (Interzona, 2004) Bizzio parte de una idea tan simple como genial y la lleva adelante con la destreza del narrador avezado que sabe lo que quiere contar y cómo hacerlo. En este caso se trata de cruzar dos tendencias del mundo contemporáneo que tienen mucho más en común de lo que podría parecer a simple vista: el terrorismo fundamentalista islámico y los reality shows. Un célula terrorista toma por asalto un canal de televisión argentino y una vez concretada su exitosa misión descubre que allí dentro se está desarrollando una nueva emisión de Gran Hermano (así, con todas las letras, con lo que, de paso, Bizzio trae de vuelta a casa de la literatura el título que el cinismo a toda prueba de Endemol se había llevado para las tierras del entretenimiento de masas) y decide comenzar a manipular a los participantes para producir la edición más extrema, desopilante y, acaso, sincera del programa y lograr de paso picos históricos de audiencia. El contrapunto entre los terroristas (capaces de darlo todo por una causa) y los participantes del programa (dispuestos a mostrar mucho para ver si consiguen algo) habilita un experimento narrativo al que Bizzio le saca provecho y utiliza, de paso, para deslizar una crítica lúcida, sin dedo en alto, del estado de la sociedad del entretenimiento en la que nos toca vivir.

El hecho mismo de que el autor de Planet se haya ganando durante años los morlacos como guionista de tele no es un dato menor: conoce las miserias de ese mundo desde dentro y como un letal agente infiltrado las expone y les saca el jugo con maestría, pero lo que pesa sobre todo es el métier del autor de Chicos. Como dice mi amigo Facundo, se advierte en la novela su ritmo para encadenar los capítulos al modo de escenas, su exacta dosificación de la tensión y su progresión a lo largo del texto, su talento para los diálogos y su capacidad para dotar de vida a un personaje en dos o tres líneas. No es casual que pronto veamos en pantalla grande Rabia y que ya haya productores extranjeros interesados en comprar los derechos de Realidad. Pero le haríamos un flaco favor a Bizzio si lo redujéramos a un autor de novelas guionables, o protoguiones cinematográficos. El mismo oficio que le permite dominar a discreción la economía del relato y saltearse pormenores prescindibles también le permite hacerse dueño de una poesía cruda y demoledora, que nunca podrán disfrutar quienes vean sus historias filmadas en 35mm, como cuando dice “Y sin realidad, ¿quién notaría que un grupo de chicos que no representan a su generación, ni a su cultura, ni siquiera a ellos mismos, se envilece en un país, se acobarda en una generación y asoma en una cultura que se agacha?”.

La televisión se mete con todos y pareciera que nadie puede meterse con ella. Bizzio se anima a darle pelea con una novela tan entretenida que, si llegara por milagro a manos de un teleadicto, lograría hacer que se olvide por un rato de Gran Cuñado y que deja como saldo la amarga constatación de que el terrorismo extremista parece ser el inconfesado límite al que una sociedad del espectáculo aspira a llegar.

Ariel Idez

Etiquetas: ,

31 mayo, 2009

Gorila

La definición dada por el Diccionario de la Lengua Española Espasa-Calpe, año 2005, es otro ejemplo más de enunciado verdadero y desatinado.

Gorila. Mamífero primate de unos 2m de altura y color pardo oscuro;
tres dedos de sus pies están unidos por la piel hasta la última falange. Se alimenta de hojas y frutos y habita en África, a orillas del río Gabón.

Tampoco aciertan a acotar el objeto de disertación, aunque contribuyan al fin por contigüidad, la primera (“fascista”) ni la tercera (“Partidario de la Revolución de 1955” –aunque esta se acerca un poco más al punto-) acepciones del diccionario virtual “Babylon” (http://diccionario.babylon.com). (La cuarta (“Individuo prepotente, matón”) y la quinta (“Guardaespaldas, custodio”), de modo claro, se alejan de la cuestión.) La segunda, no obstante, da en el blanco.

Gorila. (pop.) Antiperonista

Es notable la difusión del gorilismo, casi tan extendido como la negativa pública a reconocerse como tal. El gorila suele avergonzarse de su gorilismo, y lo niega una, dos y tres veces, a sol y sombra. (Me pregunto si en su coleto hacen otro tanto. Supongo que es una buena medida de la eficacia del aparato represivo de sus psiquismos.) Dice cosas como

-No soy gorila: solo no soy peronista. ¿Por qué los peronistas creen que todos los no-peronistas somos gorilas?

Por supuesto, mucho peronista cree eso. Pero boludos hay en todos lados. Desde ya que hay no-peronistas que no son gorilas –y muchos más de los que a usted, gorila amigo, le gustaría que hubiera. Pero usted –sí: le hablo a usted-: usted es un gorila hecho y derecho. No me mienta. No lo niegue. ¿Cuándo fue la última vez que votó a un peronista?

-¿Qué, eso me hace gorila?

Bueno, está bien. Dígame cuándo fue la última vez que estuvo a punto de votar a un peronista.

-¿Qué, eso me hace gorila?

Bueno bueno: dígame cuándo fue la última vez que consideró la posibilidad de votar a un peronista.

-¿Qué, eso me hace gorila?

Dígame (sea sincero): ¿considera que el peronismo es la causa de buena parte (de todos, no sea tímido) los males de la sociedad argentina.

-¿Qué, eso me hace gorila?



-No te discrimino. Solo creo que Argentina estaría mucho mejor si nunca hubieran gobernado y nunca hubieran existido.

Claro: esta creencia puede ser enervante (para los peronistas), pero verdadera. Por supuesto. Creer que Argentina estaría mucho mejor si nunca hubieran gobernado los gorilas y si nunca hubieran existido también puede ser verdadero. Pero piense qué creería usted, intelectual amigo, de alguien que creyera que los intelectuales son el origen de todos los males, y que Argentina estaría mucho mejor si no existiera Puán, Sociales ni la Secretaría de Cultura…
Como acertadamente señaló un colega, profesor universitario y uno de los ejemplares más excelsos de su especie –los gorilas-, frecuentemente se desestima argumentos gorilas con el secillo expediente de indicar

-… qué gorila que sos…

Lo que claramente no es ningún argumento (correcto, sino un ad hominen –del tipo de las falacias- del tamaño de una casa). Pero como ya se señaló: boludos hay en todos lados.
Creo que el mayor problema de los gorilas es uno que, curiosamente, los emparienta con los peores peronistas (si hay algo que no puedo resistir: son las cacofonías): darle importancia al peronismo.
¿Qué es el peronismo? Seguro: un fenómeno bastante complejo. Pero, entre otras cosas, es una fuerza política más, con tan o tan poca cohesión ideológica como cualquier partido de masas. (Pueden, si quieren, verificar una dispersión ideológica análoga en el bando correligionario, en donde tributan desde socialdemócratas –Alfonsín (nuestro fiambre de cabecera)- hasta neoconservadores –De la Rúa.) Al peronismo hay que restarle importancia. Hay que tomarlo como parte del paisaje. Eso va a ayudar a no ver al compañero o al compañero gorila como alguien rotundamente (irreductiblemente) distinto. Eso va a ayudar a muchos, y en particular a quien esto escribe, a que cuando se confiesa peronista no se le queden paralizados en una mueca de incomprensión, incredulidad y desdén antropológico. (Te miran como mirarían a un simpático neanderthal paseándose en paños menores por la 9 de Julio con dos grados bajo cero.) Lo que sigue es una pregunta:

-¿En serio me decís?

A lo que sigue otra pregunta:

-Pero no estás con el gobierno… ¿no?

A lo que sigue una larga explicación tendiente a aclararte por qué ellos no tienen nada contra el pueblo peronista en particular, que son absolutamente tolerantes, pero que no pueden más que… y acá intentan trasmutar su odio o aversión en argumentos. Todo lo cuál constituye una experiencia impagable. Nunca me hubiera imaginado que para sentirme parte de una minoría discriminada iba a tener que votar lo que votan todos.

Matías Pailos

Etiquetas: